Juan Román Riquelme, el dueño de la pelota

El ‘mundo Boca’ no perdona deslices ni indulta deslealtades. Movilizado por una irrefrenable pasión, juzga con el inclemente martillo del blanco o negro. Sin grises, los feligreses xeneizes endiosan o satanizan abusando de la química. ¿Involuntario reflejo afectivo? Más que probable. Empero, el status de ídolo en dominios de la Bombonera no admite matices. Un gesto, una barrida ‘a lo Giunta’, una genuina declaración de amor a los colores, un caño épico en un Clásico, un gol exquisito en una final. De repente -sin previo aviso-, el Tribunal de la Ribera consagra al elegido sin más. Sólo unos pocos logran la unanimidad del inclemente magistrado de la Tribuna. La veneración se rebela contra la dictadura del calendario. ¿Arbitrarios ejemplos? Más allá, Ángel Clemente Rojas; más acá, Guillermo Barros Schelotto y Martín Palermo. Compulsa popular mediante, en el altar histórico de la idolatría de Boca el símbolo de la deidad futbolística tiene nombre y apellido: Juan Román Riquelme.

¿Carácter díscolo? ¿Vaivenes emocionales? ¿Generador de discordias? ¿Desobediencia a los entrenadores? ¿Privilegios que alteran la igualdad grupal? ¿Líder negativo? ¿Maltrecho físico para la alta competencia? Acusaciones al margen, Riquelme ‘habla’ en el campo. Ajeno a los señalamientos, el ‘10’ compone hechiceros sonetos cuyas sentidas estrofas conmueven los cimientos de la Bombonera. ¿Quién suplió la ausencia de Riquelme durante su voluntario exilio xeneize? Nadie. ¿Por qué razón? Porque el fútbol desecha a los impostores de talento sin piedad.

La categoría no conjuga con los millones, viene de cuna. Digámoslo de una vez: ¡los genes de Román son irrepetibles! Los detractores de Riquelme gastan (y gastarán) cuantiosa tinta y saliva en pos de un objetivo: desacreditarlo. O mediatizar el listado de sus miserias buscando la pública condena. Al contrario, los apologistas -cegados por la adoración al personaje- niegan (y negarán) sus visibles defectos argumentando que los difamadores padecen la tóxica patología de un insano cóctel llamado envidia. Gambeteando la polémica, el ‘regreso’ de Riquelme enriquece al fútbol argentino, saturado de mediocridad. Sin Román, el balón lagrimeaba desconsolado… Algunos adalides de la bajeza -oportunistas pésimamente caracterizados como togados en ética- acusaron a Riquelme de no tener palabra. O de navegar en un océano de contradicciones. ¿Acaso ellos jamás cambiaron de opinión? Recular no significa renunciar a los principios. Al contrario, el arrepentimiento humaniza al autor. No debe confundirse inteligencia con obstinación. Variar de parecer o modificar una decisión implica madurez. Nunca irreflexión o mero capricho. Y, en el caso de Román, manifiesto compromiso con ‘su’ amado Boca. Con el vital condimento de su inquebrantable vínculo de amistad con Carlos Bianchi. Parafraseando al ‘Topo Gigio’ de San Fernando… ¡el fútbol está feliz! Volvió al ruedo Juan Román Riquelme, el dueño de la pelota.

Sergio A. González Bueno

           
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