El día que Cortázar vio jugar a Messi

Sentado en el sillón del paraíso ofrendado a las sensibles plumas de la inmortalidad, Julio Cortázar siente un dejo de repentina nostalgia. Aficionado al boxeo –en las veladas del mítico Luna Park porteño, los libros de Rilke o Hölderlin amenizaban la pugilística espera de las vibrantes noches de Corrientes y Bouchard–, lo sorprende el irracional cosquilleo que le provocan las artísticas hazañas de Lionel Andrés Messi. Cerebral, estima que la tormenta afectiva de fútbol será pasajera. Acto seguido, prosigue con la liturgia de la lectura, sanadora de afligidas almas tentadas por la cautivante doncella de la eternidad.

No obstante –lejos de aplacarse–, aquel indómito sentimiento persiste, desafiando insolente las impasibles agujas del reloj divino. Desencajado, Cortázar estima estar infectado por la traicionera patología del “síndrome del campeón”. Y el trastorno lo desequilibra, activando sus ingeniosas defensas. ¿Es posible que el balón conjugue con el numen? Ni el racionalismo ni el existencialismo auxilian al elfo de las letras. Ergo, los interrogantes lo atormentan…

¿Por que diabólica razón un festejo goleador lo desestabiliza? ¿Acaso las “alturas” no otorgan inmunidad suficiente para combatir los maliciosos efectos de la cultura de la pelota? Recuperada la calma, Cortázar imagina el romántico escenario de su novísima narrativa, liberadora de sedados sentimientos encarcelados tras las oprobiosas rejas del egoísmo humano. Guiado por el ángel de la creación, fantasea con un inédito relato corto, retando imaginativamente a los desalmados "Famas" made in siglo XXI, perversos impostores de la moralidad al servicio del nefando Club de la Intolerancia. Cínico, el impiadoso equipo de chequera generosa e hipócrita sonrisa tiene el innoble encargo de sojuzgar a los Cronopios de la era 2.0… De repente, el once de las musas es eclipsado por una misteriosa muralla mental. Sin red, Cortázar revive aquellas insólitas secuelas. Y las preguntas se multiplican.

¿Cuál es la explicación lógica para que algo tan banal como el fútbol desmorone en noventa minutos cincuenta años de principios? Intrigado por sus crecientes palpitaciones conforme el surrealista fútbol de Messi relata la saga de los "10" magníficos sonetos del Gol, el mirífico autor de Rayuela toma una decisión capital. Resuelto, pide una cita a solas con D10S. El célico encuentro, acaecido en el benemérito Salón de las Celebridades Literarias, permite el catártico desahogo de Cortázar. Exhibidos los argumentos al Creador, el hombre de las letras ruega por una terrenal licencia, concedida previa condición sine qua non.

Descendido al edén del fútbol, la ecléctica Barcelona recibe al ilustre viajero. Tras un fugaz paso por su adorada París (¡el humo de la librería Gallimard atestiguó en su contra!), Cortázar descifra in situ las razones de aquel extraño síntoma. Instalado en el palco del Barça, redescubre el heroico goce de la épica en los estéticos versos del once de Pep Guardiola. Transcurridos cuarenta minutos del complemento, el arquitecto Xavi Hernández ­–genuino heredero del ADN de Antoni Gaudí– habilita geométricamente a “La Pulga” Messi. Pícaro, el maquetista Lionel supera en carrera a un hostil centinela enemigo. A continuación, su impresionista pincel zurdo dibuja una trilogía de gambetas en el sagrado lienzo del Camp Nou. Avistado el portero, el excelso paisajista de la definición cucharea la pelota por sobre la perpleja anatomía del portero antagonista. Conmovido, Cortázar sopesa levitar su felicidad al “redondo” cosmos, desgañitándose de placer. ¿Quién fue el culpable de tamaño goce? ¡Leo Messi, el retratista de la Sagrada Familia del Fútbol! Bajada la adrenalina, el escritor renuncia a la celeste copla, recordando la vital misión Superior. Cara a cara con Messi, un animado Cortázar suelta visceralmente su más sentida prosa poética: "¡Leo, Dios me pidió tu camiseta! ¿Se la podés firmar? ".

Sergio A. González Bueno     

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