Emanuel Ginóbili, el MVP made in Bahía Blanca

Cuando Manu Ginóbili se bajó del Mundial de Básket de Turquía 2010, los apologistas de la argentinidad lanzaron sus venenosos dardos dialécticos señalando inquisidoramente la falta de compromiso celeste y blanco del colosal “20” de los Spurs. Desde ya, ni sus compañeros de la Generación Dorada ni Sergio Hernández cayeron en la infame trampa tendida por el desmemoriado club de los patriotas, radicales chauvinistas que ocultan mezquinos intereses económicos a nombre del sagrado himno nacional. Abstraído de aquella toxicidad verbal, Ginóbili se refugió en su “doble” rol de padre primerizo (el nacimiento de Dante y de Nicola fue como recibir dos nuevos anillos… de incomparable ¡felicidad!) y en un entrenamiento a conciencia que le permitiese volver a disputar una final de NBA y despedirse a lo grande de la Selección en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. ¿Inesperadamente?, el sacrificio de Manu tuvo inmediata recompensa; los Spurs dominan ampliamente las estadísticas de la temporada regular con un Ginóbili intratable y los coachs de la liga lo votaron masivamente para que fuera parte del All Star Game 2011. Avalado por el reconocimiento de la cátedra “naranja”, la glamorosa Los Ángeles recibió la bahiense humildad del mejor basquetbolista argentino de la historia (¡es hora de decirlo con todas las letras!), ajeno a tanta luminaria hoolywodense presente en el mítico Staples Center angelino.

No obstante, la segunda incursión de Manu en un Juego de las Estrellas -la ceremonia bautismal fue en Denver 2005- resultó un merecido premio para la inmaculada carrera del zurdo de oro.
Greg Popovich admira profundamente a Manu; el coach de los Spurs lo considera el jugador más competitivo que jamás ha dirigido. Lejos de ruborizarse, afirma convencido que la trilogía de anillos en la década del dos mil (2003, 2005 y 2007) no hubiese sido posible sin el aporte de Ginóbili en cancha. El entrenador destaca su mentalidad, su inteligencia para leer el juego y su ingobernable gen ganador. Manu odia perder. Y eso lo convierte en un jugador único. Concentrado al máximo, sus registros se optimizan conforme las necesidades del equipo. Siempre privilegia lo colectivo a lo personal. Si los Spurs dominan al rival a placer, difícilmente Manu presente una planilla marcada en rojo en el rubro máximo goleador del match. Al bahiense no lo incomoda la falta de protagonismo ni la ausencia en la portada de los periódicos de San Antonio.
Él sabe que cumple un rol determinante en la franquicia; titular indiscutible, Popovich le firmó un cheque en blanco sólo al alcance de los elegidos: ¡la venia para cerrar los partidos de trámite parejo! Entonces, el gladiador Ginóbili lucha estoicamente contra gigantes intimidantes y un reloj tan letal como el mismísimo Kobe Bryant.
Más allá de un fallo o un acierto puntual, emociona el coraje en envase chico de Manu, competente a la hora de dar la cara (¡y el corazón!) por los colores de los Spurs. Premiando su linaje, “Pop” le regaló el mimo de dar una charla técnica a sus compañeros en medio de una pretemporada. Es que el discípulo Ginóbili no tiene techo. El regreso a  la Selección Argentina está marcado a fuego en el calendario afectivo de Manu: Campeonato FIBA-Américas de Mayores (clasificatorio para los Juegos Olímpicos de Londres 2012), a disputarse en Mar del Plata entre el 30 de agosto y el 11 de setiembre de 2011. Allí se reencontrará con sus “viejos” amigos Scola, Delfino y Nocioni. Y con el nuevo coach del equipo: Julio Lamas. También volverá a sentir en carne propia la estremecedora ovación de su público. Ese que lo hizo ídolo a la distancia. El mismo que celebra los éxitos de los Spurs como propios. Todo por culpa de un tal Manu Ginóbili, el MVP made in Bahía Blanca.

 

Sergio A. González Bueno

           
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