El Moulin Rouge de la calle Viamonte… función “Diez”

El despótico y perpetuo mandato de Julio Humberto Grondona al frente de la AFA (31 años de una nefasta gestión personalista), avalado por interesados guiños del poder político de turno y dirigentes que vendieron su honradez a cambio de pasajes en primera clase, hoteles cinco estrellas y rescates económicos para oxigenar las arcas de sus endeudados clubes, destituido Maradona como DT por el padrino Don Julio, incluyó el pernicioso destape de las “redondas” miserias que supimos conseguir, habilitando un papel protagónico al elenco estable del decadente cabaret celeste y blanco.
La procacidad verbal de los actores involucrados emuló a los patéticos guionistas de Show Match (¿quién está más enfermo, Tinelli y sus productores o el público que consume masivamente sus envíos?), exhibiendo un repudiable arsenal de acusaciones, escándalos y amenazas. Diego acusó de traidor a Bilardo y de mentiroso a Grondona; exaltado por el rotundo calificativo del cesante entrenador, Bilardo contraatacó y propuso organizar una catártica conferencia para contar toda “su” verdad. Horas más tarde, Grondona obligó al Doctor a cancelar su ¿explosiva? rueda de prensa.
Entre tanto disparate, apareció en escena el proscrito ayudante Oscar Ruggeri, enemigo íntimo del padrino Don Julio. Sin ánimo de apagar las luces del salón Nacional, el Cabezón confesó que Grondona lo había amenazado -a través de Maradona- con pegarle un tiro en las piernas. ¡Y Grondona lo confirmó!... minimizando la denuncia conforme la agresiva dialéctica del temperamental personaje. La cultura del todo siga en su máxima expresión. ¡Vergonzoso! El decadente espectáculo de varietés incluyó una actuación made in Dublin del redentor Carlos Tévez, osado jugador del pueblo que expuso mediáticamente la hipocresía del presidente Julio Grondona, graduado con honores en la Universidad de “La Plata” con el ignominioso título de Licenciado en deshonrar la palabra y violar los contratos. Es que el ¡fútbol es para todos!... pero las cuantiosas regalías del negocio -imperativa del padrino Don Julio mediante- hacen obligada escala técnica en Sarandí. Siempre a la espera del posterior anonimato bancario en la glamorosa metrópoli de Zúrich. ¿Cómo terminó el affaire Tévez? En la nada. Julio Grondona aplicó un correctivo verbal al atrevido futbolista, presuroso por retractarse y admitir que él era como un hijo para el hombre fuerte de la AFA y la FIFA. Extinguidas las llamas del caso Sir Charles, la saga agraviante de los bandos enfrentados amaga con interminables bises. Redoblando la apuesta y lejos de bajar los cortinados de la insensatez, el apuntado Mancuso reveló que el cuerpo técnico saliente tiene grabaciones inéditas con Carlos Bilardo integrado activamente a la tropa maradoniana en Sudáfrica. A propósito, qué triste el papel de Bilardo en el indefinido cargo de Director de Selecciones Nacionales. Cuestionado el ex DT por variados estamentos, los apologistas del Doctor alardean con el exiguo trofeo de la concentración en Pretoria. La inexplicable alabanza califica por sí sola su gestión. Estratega con medalla de honor en las últimas y lejanas dos finales mundialistas de la Selección, Bilardo rifó su prestigio por la verde tentación del mefistofélico padrino Don Julio. Más que mostrarse angustiado por los daños colaterales de una imputación por deslealtad, el Doctor debería preguntarse cuándo perdió la credibilidad que supo tener y porqué se convirtió en el hazmerreír de la fauna mediática nacional. ¿O será que el rol de bufón de Grondona beneficia con creces la economía de Carlos Bilardo? Y Maradona, ¿qué grado de responsabilidad tuvo en la eliminación y el postrero papelón de cruces verbales en continuado? Alto. Diego fue un conductor al que le faltaron horas de vuelo suficientes. De ahí las turbulencias tácticas del once que presentó en Sudáfrica. Disimuladas por la contundencia de Tévez e Higuaín ante el inexpresivo México, el antagónico germano expuso el déficit colectivo de una Selección remolcada por individualidades explosivas y confusa en materia identitaria. Por lo que el avión de la ilusión patria por el anhelado tricampeonato se estrelló en la irresistible geografía de Ciudad del Cabo. Ansioso por convertirse en DT de la Selección, Diego plebiscitó su inmaculada Corona y enarboló la añeja teoría del amor a la camiseta, emblema madre de su generación. Convencido, presentó su tesis “jugadorista” para doctorarse como entrenador de elite en dominios del heroico Nelson Mandela. Lamentablemente, los 23 leones en los que tanto confió -mayoritariamente- lo defraudaron. Es que las nuevas camadas de futbolistas no entienden las derrotas como sinonimia de tragedia. Lo que no está mal como regla. Ahora bien, una cosa es no tomar el fútbol como una cuestión de vida o muerte y otra muy distinta no comprometerse con la causa o acostumbrarse a perder sin mostrar signos de rebeldía. O lo que es peor: reclamar trato de divos y desafinar sistemáticamente en las cuatrienales galas mundialistas. Además, depuesto Maradona del cargo por el padrino Don Julio, sólo Tévez y Palermo (hasta Agüero mostró cierta tibieza discursiva) presentaron públicamente un encendido alegato por su faena. El resto de los jugadores -inclusive los más protegidos por el entrenador- ofreció la venenosa ingratitud de una llamativa frialdad o un lacerante silencio que todo lo dice. ¿A Diego lo traicionó solamente Bilardo? Desde lo conceptual, el ¿interinato? del Checho Batista seduce. Alejado de priorizar los postulados tácticos por convicción propia, la oratoria del entrenador rescata a la España de Del Bosque como paradigma de la estética no exenta de eficacia. Lo que resulta saludable para los ojos del escéptico hincha. Igualmente, si se confirma en el cargo de DT a Batista (¡Grondona tiene la última palabra!... para variar), suena a incompatible su pacífica convivencia con el refrendado Primer Ministro Carlos Bilardo, ideológicamente posicionado en las antípodas futboleras del candidato de Messi. El tiempo será testigo. Bajada de cartelera la función “Diez”, el Moulin Rouge de la calle Viamonte se tomó un respiro. Impávidos, esperamos nuevas y melodramáticas audiciones de los impresentables protagonistas. Mientras tanto, el fútbol argentino se sigue desangrando por obra y gracia del autoritario y vitalicio gobierno del padrino Don Julio. ¿No habrá llegado -¡por fin!- la hora de la refundación?

 

Sergio A. González Bueno

 

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