Martín Palermo sublima al séptimo arte

La omnipresente prensa futbolera madrileña, retornado el mecenas Florentino Pérez a los dominios de Chamartín en el verano del 2009, pronosticó -a tono con la grandilocuencia del caso- una inigualable superproducción cinematográfica blanca, dominada por luminarias tales como Cristiano Ronaldo, Kaká, Benzema y demás actores principales de la pelota. Avalada por la irresistible chequera del productor-magnate de la construcción, la prometedora película del Real Madrid apuntaba a batir todos los récords de taquillas en el célebre auditorio del Bernabéu. Para decepción de la cinéfila feligresía merengue, despedida por el insensible calendario la temporada 2009/2010, los endiosados intérpretes del guión de la vuelta olímpica protagonizaron el triste papel de villanos.

Despojados de la gloria doméstica por un celestial FC Barcelona, paladín de la estética que enamoró a la multicultural parroquia del caño con el exquisito montaje de la toma del gol y la mirífica simetría de la fotografía del alirón, el filme de la Casa Blanca fue el hazmerreir de la impiadosa crítica capitalina, presurosa por condenar a cadena perpetua al fallido realizador chileno Manuel Pellegrini. Y de buscar en el director-vengador José Mourinho el antídoto infalible que permita romper la hegemonía blaugrana, premiada por el jurado del balón (célebre triunvirato que desprecia la Jabulani) con el memorable Óscar de las Siete Coronas. 
Entre tanto, un novel e ignoto actor de reparto que regularmente expresa su histrionismo azul y amarillo en el Teatro de la Ribera -santuario cultural de la República de La Boca decorado con ocho murales del prolífico artista Benito Quinquela Martín-, consumada la enésima ronda “Mundial” de café y tratado el fiasco Madrid en el marco de un redondo coloquio entre pares, sorprende a sus interlocutores con una sentencia made in Maradona: ¿saben cuál fue el gran yerro de Florentino Pérez? No haber incluido en su rodaje al prodigioso y heterodoxo orfebre de la definición xeneize… ¡Martín Palermo! Sí, quien otro sino. Y tal vez no le falte razón al aprendiz de comediante. Es que la vida del Titán es de película; limitado por la madre naturaleza y un exuberante físico amigo de torpezas varias, Palermo escribió con letras de oro el argumento del goleador bicentenario en la industria del cine nacional. Angustiado por la desventura de un par de roturas ligamentosas en la rodilla derecha, el inaudito desprendimiento de un muro de la tribuna del estadio el Madrigal de Villarreal sobre su amarilla osamenta de matador, hecho que le produjo una doble fractura de tibia y peroné, la irreparable pérdida de su hijo Stefano, ocurrida a pocos días de su natalicio, y un sinfín de contratiempos que bien ameritan el eje de una novela surrealista, Martín desafió al nefando destino con agallas de campeón y la firme voluntad de luchar por su carrera hasta el silbato final. Fiel heredero del espíritu sindicalista y combativo de su progenitor Carlos (empleado que batalló férreamente contra la privatización del Astillero Río Santiago, ubicado en la localidad bonaerense de Ensenada), el hacedor de milagros se doctoró con un “9” en la Universidad de La Boca, presentando la novedosa tesis del sempiterno retorno con gloria en las salas del fútbol. Es que el taumaturgo Palermo siempre renace de sus cenizas; olvidado por entrenadores de alcurniacomo Daniel Passarella, Marcelo Bielsa y Alfio Basile, la ilusión Mundial sonaba a entelequia para el Titán, opacando el admirable currículum del monarca sudamericano del festejo. Nublado el cielo celeste y blanco, el pronóstico del magisterio -extendido al hidalgo comité de la tribuna- lo excluyó sistemáticamente del dorado sueño de integrar la lista cuatrienal de los “23” futbolistas del pueblo. Sólo la particular irrupción de Diego Armando Maradona en el cargo de DT de la Selección hizo justicia poética con los versos-gritos del autor de ¡Palermo Holly…gol! Entonces, desafiando aquellos fatalistas augurios y las persistentes bromas de sus detractores -en plena retirada conforme se multiplican los guarismos anotadores del artillero platense de ¡36 años!-, Sudáfrica 2010 cobijó la noble fantasía del Titán, afín a proyectar la épica cinta del adiós en una gala mundialista.
Alborotada por el estreno de Martín Palermo ante Grecia, la hinchada ovacionó como nunca al propietario de la camiseta “18”; la enésima apilada de Lionel Messi al antagonista heleno apuró el “divino” desenlace. Rechazado a medias por el arquero el misil del rosarino, Palermo ofrendó a los asistentes su opera prima goleadora en la pantalla-césped del Polokwane. La chapa victoriosa del marcador final poco importó a la grey criolla. Desatada la locura colectiva por la ansiada conquista del Titán, el compositor de la felicidad ciudadana ingresó -¡definitivamente!- en la historia grande del fútbol argentino. Aquel conmovedor primer plano celebrando su proeza Nacional no será el último alarido del singular futbolista; al libreto de su novelesca vida aún le queda el epílogo de un puñado de epopeyas. Extinguidas las llamas del desencanto mundialista en dominios de Mandela -chapeau al eximio filme del director germano-, Martín ensaya el personaje de la gloriosa despedida. Por noventa minutos -¡más!- de sublime actuación en la interminable saga de Palermo, el Rey de la Bombonera, el séptimo arte gambetea su universal identidad autorizando el unánime y popular convite del rebautizo. De ahora en adelante, la cofradía cinéfila tiene un nuevo y orgulloso mote: “noveno” arte… del gol. Todo sea para homenajear al predestinado hijo de Carlos Palermo.

Sergio A. González Bueno     

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