El Salmón se confiesa ante D10S

La apacible primavera madrileña ejerce de competente musa para el histriónico compositor porteño de la Buenos Aires que nunca duerme. Perseguido por los ancestrales duendes del poeta y vocalista Miguel Abuelo, el Salmón apura las sensibles rimas de su novísima creación, esperanzado en renovar -¡una vez más!- el contrato afectivo con el universal auditorio del rock. Agotado tras la prórroga con el temible contrincante llamado inspiración, el músico-jugador concede un merecido descanso al socio teclado, fiable compañero de incontables gestas sobre escenarios continentales. Ausente el sonido en la sala de ensayo y esparcidos por la geografía de Las Rozas sus cómplices colegas de batería, bajo, viola y demás instrumentos sanadores del alma rockera, el Salmón apela a su memoria emotiva, rescatando al joven cantante de la “redonda” partitura dominguera que algún día supo ser. Entonces, imaginariamente transportado a la venturosa década del 80, el Diablo Rojo del hit evoca -perseguido por la nostalgia del asfalto de Cordero y Alsina- el reconocido gen ganador de Ricardo Bochini, Enzo Trossero, Claudio Marangoni y Jorge Luis Burruchaga, ídolos con galones de la devota cofradía de la Doble Visera. ¡Cómo olvidar el armónico y ensordecedor coro de aliento de la exquisita hinchada de Independiente!

La marea roja de títulos al por mayor, el mote de Rey de Copas, cimentado en el heroico romanticismo del decenio precedente… y la Selección del 86. ¡Argentina campeón del mundo! Y el rebelde y carismático autor de la patria futbolera, Diego Armando Maradona (mayoritariamente conocido como el vocalista de Fiorito), interpretando en el coliseo Azteca la dulce melodía de su incipiente reinado global con el aclamado bis de la vuelta olímpica.
El insensible celular interrumpe la galería de aquellos imborrables recuerdos; del otro lado de la línea, la reconocida voz de Alejandro Lerner invita a gambetear -momentáneamente- el placentero recorrido de proezas y dulces campeonatos, reto que Calamaro acepta quejoso. Consumida la charla de la formalidad, Andrelo sorprende a su colega con una mística revelación: “Ale, hubo una milagrosa aparición que cambió mi estado de ánimo con relación al Mundial. Presiento que algo grandioso nos espera en Sudáfrica 2010. Y tengo la imperiosa necesidad de confesarme ante D10S”. Incrédulo, Lerner evoca la juvenil y fallida vocación religiosa de Calamaro, rápidamente abortada por infinidad de shows sin días y blondas debilidades pasajeras. A lo que Andrelo, previa carcajada cómplice de aprobación, remata con idéntica pericia que “Mandinga” Percudani al Liverpool en la gala del todo o nada de la Intercontinental 84: “Ale, lo tengo completamente asumido. El infierno me lo he ganado a pulmón; sólo digo -revela sentidamente a su amigo- que el espíritu del arcángel San Messi descendió desde el firmamento celeste… y blanco con el cuero atado a su botín zurdo. Al verme aturdido por la aureola de aquel súbito y bienaventurado elfo, el protector L10NEL -a posteriori de exhibirme un documento rosarino- sanó mi afligida alma futbolera invitándome a reconciliarme con el sacramento confesional. Entonces volví a creer en D10S”.
El peregrino Calamaro, ávido por cumplir la misión encomendada por L10NEL, viaja rumbo a Buenos Aires desafiando el otoñal estreno rioplatense de las bajas temperaturas made in 2010. Empujado por la ilusión de cuarenta millones de compatriotas, desplaza su cansancio a pocos kilómetros de distancia del Ministro Pistarini.

La capilla del predio de la AFA en Ezeiza luce radiante; fascinado por el sagrario recinto, el Salmón libera su mente de fantasmas derrotistas y apocalípticas predicciones de precoz eliminación en dominios de Mandela. De repente, una reconocida silueta interrumpe el espiritual y sabroso elixir del esquivo tricampeonato, avanzando hacia el músico amistosamente. Inconfundible por su santificadora barba y el carisma hijo de sus homilías de campeón en los cosmopolitas templos de la pelota, Calamaro festeja su particular reencuentro con D10S. Luego del interminable abrazo entre Diego y Andrés (¡brindo por la victoria, por el empate y por el fracaso!), el Salmón revela al profeta del fútbol el superior encargo del arcángel San Messi. Devolviendo la bíblica pared al hombre del cáliz y las mujeres que derrochan simpatía, un terrenal Diego Armando Maradona, emocionado como cuando acuna a Benjamín con sus “humanas” manos de abuelo primerizo, entona entre sollozos el estribillo nacional de la esperanza: “¡Vamos, vamos… Argentina. Vamos, vamos, a ganar…!” Sin testigos, Calamaro y su voz hicieron posible por un rato el inmortal dueto. Al despedirse, las lágrimas de ambos próceres tenían los colores de la bandera argentina.

Sergio A. González Bueno     

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