¿Todavía quiere ser médico, René?

René es un humilde y disciplinado chico platense clase 23; hijo de una creativa modista y de un sacrificado carpintero, el novicio abanderado de la cultura Tripera (¡honor a los jugadores-obreros de los frigoríficos de Berisso y Ensenada!) convive con la progenitora palabra santa del derrotero de la honradez y el apego a la sociedad del conocimiento. Criado en los célebres adoquines del barrio El Mondongo, el aprendiz de campeón gambetea los despiadados embates del once de la necesidad con similar pericia anotadora que su mirífico ídolo, el bombardero del ilustre Expreso, más conocido como Arturo “El Torito” Naón.

Perdidamente enamorado de una deshilachada bandera blanquiazul instalada en la estrechez de su cuarto, René sacraliza las bondades de un sentimiento inexplicable llamado Gimnasia y Esgrima La Plata; apasionado por los rituales domingueros de la popu, el pibe de doce años no sabe de excusas ni de ausencias.

Entonces, sus infaltables citas a la tribuna vestido con los colores del Lobo -invariablemente escoltado por la proselitista muchachada mondonguera- decoran el concurrido santuario del Bosque, gozoso por contemplar el recambio generacional del conmovedor aliento en los tablones del Zerillo.

Hermanado con la multitudinaria procesión de fe del Pueblo Gimnasista y seducido por la acompasada coreografía de La 22, René graba con letras de oro su sempiterno idilio con el escudo tripero. Idéntica adoración profesa por doña Cesárea, entrañable abuela materna y versada poetiza amateur de la reina naturaleza; la sapiente nona, deseosa por trazar el camino de la rectitud descendiente, inculca a René el sumo placer de sembrar dignidad para cosechar respeto y la meritoria recompensa espiritual por la vitalicia afiliación al club de los valores humanitarios.  

Alejado del remanso familiar por imposición de Su Majestad Colegio, los días hábiles del fraternal René incluyen obligadas visitas a las aulas de la Escuela Número 45; en el albo y sobrio recinto educativo, ubicado sobre la calle 68, justo en la intersección de la diagonal 73, los revoltosos compañeros del fanático lobo-adicto combinan labores instructivas con viscerales gritos de gol.

Apagado el fuego de la rivalidad en el estadio del recreo, la sensatez del enfriamiento amerita íntimas confesiones estudiantiles; decidido a auxiliar al prójimo necesitado, René revela su magno sueño: ¡estudiar medicina! Alerta, un angelical profesor que peina canas y colecciona décadas por demás escucha su revelación y le advierte paternalmente. “Mire, joven… le voy a contar una historia. No lo hago para persuadirlo de su decisión. Simplemente quiero lo mejor para su futuro”. ¿Cuál es su nombre? Escuche con atención, René.

En mis años mozos conocí un altruista médico rural de La Plata; fascinado por la sanadora profesión y aceptando un convite de un pariente, el Doctor se instaló en Jacinto Arauz (pequeño pueblo de La Pampa habitado sólo por ¡3.500 personas!) junto a su hermano Juan José, también galeno. Solidarios, fundaron un centro asistencial orgullo de los lugareños; tras años de sacrificios, ayudas locales y mucho ingenio, los héroes de guardapolvo blanco redujeron a mínimos los índices de mortalidad infantil, aminoraron las infecciones de las parturientas y eliminaron el letal flagelo de la desnutrición. Complacidos por los ingentes logros, crearon un banco de sangre y participaron en numerosos debates comunitarios, auspiciando el pedagogo “canal de la prevención” para vencer holgadamente a la nefasta competencia de la insalubridad.

¿Me sigue, René? Continúo. Cumplida la noble misión pampeana, el Doctor regresó a la Ciudad de las Diagonales; atraído por la cirugía torácica y orientado por el ínclito Profesor José María Mainetti, viajó a Cleveland, Estados Unidos.

Entonces, apadrinado por inquietos colegas y valiéndose de la soberbia infraestructura de la clínica de Ohio, inventó el bypass coronario, revolucionando la ciencia médica. La insigne creación popularizó su figura, ganando prestigio y admiración internacional. No obstante las mieles del éxito y la “gringa” tranquilidad de vida del Doctor, la nostalgia del arrabal amargo y la camiseta de Gimnasia apuraron su regreso a casa.

Recibido con honores por las autoridades, inauguró una célebre Fundación en la porteña Avenida Belgrano. ¡No sabe a cuánta gente sin recursos operó el Doctor, René! ¿Lo aburro con el relato? Prosigo. Consumidas las hojas del almanaque a velocidad crucero y apagada la euforia por el regreso del hijo dilecto, apareció un enemigo siniestro para los intereses del ejemplar médico: la mafia de las obras sociales. Voy al grano, René. El gremio quería un "retorno" por enviar los pacientes afiliados a la Fundación. ¿Usted sabe lo que significa la palabra retorno? ¡Dinero sucio! Esa es su literal y macabra definición. ¡El Doctor fue víctima de una vil extorsión, René!

Recibido con honores por las autoridades, inauguró una célebre Fundación en la porteña Avenida Belgrano. ¡No sabe a cuánta gente sin recursos operó el Doctor, René! ¿Lo aburro con el relato? Prosigo. Consumidas las hojas del almanaque a velocidad crucero y apagada la euforia por el regreso del hijo dilecto, apareció un enemigo siniestro para los intereses del ejemplar médico: la mafia de las obras sociales. Voy al grano, René. El gremio quería un “retorno” por enviar los pacientes afiliados a la Fundación. ¿Usted sabe lo que significa la palabra retorno? ¡Dinero sucio! Esa es su literal y macabra definición. ¡El Doctor fue víctima de una vil extorsión, René!

¿Seguro no lo incomodo con la extensa crónica, René? Concluyo la narración. Avergonzado por la ilegal maniobra y agobiado por las cuantiosas deudas de su reputada Fundación -incrementadas por la voracidad recaudatoria de un Gobierno autista e indigno-, el célebre Doctor no soportó el dolor del incumplimiento y el abandono de persona, optando por el arrojado recurso del suicidio. Exterminados los demonios del oprobioso desamparo tras jalar el gatillo de la eternidad, el mendigo de la patria gaucha descansa en paz, René. ¡El Doctor Favaloro ya no sufre! Elevado al firmamento Mens Sana, su evitable partida desenmascaró a los inmorales cobardes del soborno y la traición. Es que la decencia es un pecado capital en la geografía de la corrupción y el desencanto. ¿Todavía quiere ser médico, René?     

Sergio A. González Bueno

 

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