Roberto Goyeneche
El Polaco cantor de Saavedra

La humilde geografía del barrio de los Tachos, recinto urbano ubicado en el mapa capitalino de la populosa Saavedra, en medio del sofocante calor de un recordado 29 de enero de 1926, acunó los primeros y ¿afinados? llantos de un saludable varón nacido en Superí y Avenida del Tejar, bautizado por sus padres con el nombre de Roberto.

Hijo de Emilio Goyeneche y María Elena Costa, ambos descendientes de vascos emigrantes del “exilio del hambre”, la consensuada decisión de llamar Roberto a su primogénito obedeció a un homenaje póstumo para con la memoria de su tío -fallecido repentinamente de una extraña dolencia-, un eximio pianista de tango que le puso música a los versos de Pompas, relanzado como… de jabón tras su efímera partida, mágica creación del inolvidable poeta del dos por cuatro Enrique Cadícamo, cuyo exitoso estreno en el teatro Astral, cuando 1925 recién estaba gateando, lo interpretó con nota un cantor apodado el morocho del Abasto, más conocido como Carlos Gardel.

 Roberto “Polaco” Goyeneche, genuino heredero de los genes artísticos del músico de la dinastía y armonioso gorrión -desde niño- de melodías arrabaleras, honrando su incondicional amor por el fútbol y por su querido Platense, no gambeteó el destino legado del compás, el vals y la milonga. No obstante ello, los Goyeneche, no repuestos aún del dolor por la irreparable pérdida de Roberto, soportaron una nueva tragedia que sacudió sus vidas: la muerte de Emilio, el papá del Polaco. Su impensado deceso, cuando sólo contaba con treinta y tres años y administraba una tapicería heredada del sacrificio paterno, cambió el guión de la película familiar; el argumento de la necesidad se convirtió -entonces- en el eje central de la trama y María Elena, la abnegada madre, se vio obligada a vender el chalet de Vicente López y a instalar una lavandería para hacerle frente a la tormenta de las carencias. Movilizada por un altruismo admirable, postergó su vida priorizando la crianza y educación de sus dos hijos (Roberto y Jorge), intangible virtud que Goyeneche, con el paso del tiempo, supo valorar a punto tal de someterse a un retiro temporal ante la angustia matriarcal por la bohemia elección de vida del vocalista. 
  

Entre tanto, posponiendo por algunos torneos su velado sueño de jugar en la Selección y cantar en la orquesta del “Gordo” Aníbal Troilo, el Polaco repartió su juventud entre la idolatría profesada a su ilustre vecino, el arquero calamar Julio Cozzi, intuitivo y adelantado especialista en el arte de atajar penales (Corbatta, Labruna y Lángara figuran entre sus consagradas víctimas) y sus tareas como cadete, chofer de colectivos, taxista y hasta ¡empleado de un taller mecánico! Igualmente, su pasión por el tango pudo más. Así, una actuación estelar con podio incluido en el Club Federal Deportivo de Saavedra, en el marco del cuarto concurso de cantores organizado por dicha entidad, obró de invaluable pasaporte para conocer al imitador Oscar Lamadrid, quien lo vinculó con la orquesta de Raúl Kaplún. En la ansiada audición, unas inspiradas estrofas de Mi noche triste bastaron para convencer al violinista de la proyección del novel cantor. Unos días más tarde se produjo su esperado debut en Radio Belgrano; su prodigiosa voz, seductora de almas nostálgicas y dolidos corazones envenenados por el mal del abandono, le regaló a los oyentes una deliciosa interpretación de Se lo conté al bandoneón.

El Polaco cuenta con un anecdotario popular de leyenda; en el ínterin de una pausa profesional por voluntad propia, cumpliendo una promesa de sangre hecha a su difunta madre, una madrugada de luna llena iba conduciendo el coche de la línea 219 por las callecitas de Buenos Aires que tienen ese no se qué. De repente, un guiño de bandoneón se interpuso en su camino. Juan José Otero, periodista y representante de la orquesta de Horacio Salgán, subió su exhausta anatomía al colectivo indicado y quedó extasiado al escuchar cantar al ignoto chofer el tango Mano a mano. El ruego por conseguir sus datos no se hizo esperar.

Al poco tiempo, la necesidad de Salgán por renovar el dúo de intérpretes fijos de su elenco propició el llamado -previa recomendación del “Gordo” Otero- para una prueba cardinal. Y Goyeneche no falló; su cautivante y cálido timbre barítono, con el valor agregado de una singular expresividad que el tiempo convirtió en sello personal, le dio vida a los versos de Alma de loca, y el prestigioso pianista, difusor a ultranza del estilo avant garde, contrató al cantor sin dejarle concluir el tema. Ello provocó un indudable salto de calidad en su carrera. Corría 1952 y Goyeneche pasaba a jugar en la Primera del Tango Nacional. Una vez fichado y con convenio vigente en la orquesta del maestro Salgán, una señal angelical lo grabó a fuego. El acontecimiento, cuyos ribetes pintorescos el almanaque convirtió en culto de la feligresía tanguera, lo protagonizó Angel “Paya” Díaz, su compañero de ruta vocal; el cantor, sorprendido por la atípica fisonomía de Goyeneche, para romper el hielo del ensayo y lejos de imaginar las consecuencias de su ocurrencia, al saludarlo, lo avanzó llamándolo simplemente “Polaco”, marca registrada que identificaría para la posteridad al gorrión de Saavedra.

Y llegó la hora de jugar en la Selección. Un joven y pasional Horacio Ferrer, poeta uruguayo subyugado por el aura del tango y devenido en autor con mayúsculas de históricas prosas como Balada para un loco y Chiquilín de Bachín, rendido ante el registro y el histrionismo del ascendente intérprete, recomendó enfáticamente a su amigo Troilo su contratación. Pichuco, conocedor del mercado como pocos, respondió irónicamente con una salida de las suyas: “No me imagino que mi orquesta tenga como cantor a un cowboy”. En 1955, tres años más tarde de aquel premonitorio encuentro, el genial bandoneonista citó a Goyeneche en los baños turcos del Hotel Castelar y, previo ofrecimiento para incorporarse a su prestigiosa orquesta, aceptado en el acto por el rubio cantor, le informó que en diez días debutaría en el cabaret Marabú, mítico sótano convertido en refugio de la fauna adicta al dos por cuatro en los años cincuenta. Así, las estrofas de Bandoneón arrabalero marcaron el inicio artístico de la dupla más famosa del tango patrio. Entre tanto, acompañado por el gardeliano y excéntrico vocalista Ángel Cárdenas, las interminables actuaciones, giras y presentaciones en Radio El Mundo le quitaron a Goyeneche horas de familia, sueño y ¡fútbol! El Polaco extrañaba horrores sus visitas domingueras a la popular de Manuela Pedraza y Crámer, tablones en los que sufrió, alentó y hasta lloró por su querido calamar; poseído por un sano fanatismo, padecía el síndrome de abstinencia de la redonda, muchas veces mitigado por la cómplice Spica, que le devolvía emociones a modo de épicos goles anotados por sus admirados gladiadores Santiago “Guito” Vernazza y Vicente Sayago. ¡Honor a la historia de Platense!    

 En el apogeo de su carrera junto a Pichuco, el bueno de Troilo le cortó las alas al jilguero Goyeneche, invitándolo a abandonar su orquesta bajo una doble excusa; por un lado, le dijo que no podía hacer frente a sus emolumentos dada su valía y su nuevo status de estrella; por el otro, le afirmó que había llegado el tiempo del destete. Y la poética súplica se hizo musa desde el fuelle troileano: “Piantate Polaco, te está esperando un país”. Acto seguido, para menguar su congoja y consciente de su presagio, le anunció un cercano y natural reencuentro. El inesperado Chau, no va más minó la resistencia anímica del popular artista. Su desorientación lo llevó a un peligroso ostracismo de casi dos años, del cual salió indemne gracias a su ingobernable alma de cantor. Goyeneche, muy a su pesar, sobrevivió sin Pichuco, circunstancia que levantó su autoestima y relanzó su carrera, sacando chapa como reputado solista del circuito tanguero doméstico y foráneo. El Polaco se reinventó como cantor; ergo, a su inimitable fraseo del lunfardo porteño hijo de la lírica de la melancolía y el desamor, le sumó interpretaciones de manual en clásicos como Naranjo en flor, La última curda y Garúa, entre otros inspirados hitos de letristas de la bohemia arrabalera. Cuenta la fábula que su desempeño vocal-recitado de los versos de Balada para un loco conmovió hasta las lágrimas al mismísimo Astor Piazzola, quien corrió presuroso a fundirse en un interminable abrazo junto al cantor de Saavedra. Goyeneche se había convertido, por decisión unánime del jurado de la calle, en la voz del tango rioplatense.

En la cima de su carrera, cuando el otoño de 1965 manchaba con huellas amarillas las verdes hojas de los árboles que siempre mueren de pié, la fundación de un nuevo santuario tanguero llamado Caño 14, regenteado por Rinaldo Martino (ex crack santo), Atilio Stampone y Vicente Fiasché, precipitó la “reconciliación” definitiva de los dos íconos nacionales del dos por cuatro. Sus presentaciones a dúo cortaban la respiración del local, que muy a menudo colocaba el cartel de “no hay más localidades”; la prensa, el público, la farándula criolla y hasta la extranjera hacían sus reservas para ver en vivo y en directo a los astros de la música popular.

Así, llegaron dos recordados LP en sociedad, cuyos títulos emergieron de la ilimitada bondad de Pichuco, en claro reconocimiento al fenómeno masivo que representaba el producto Goyeneche. Entonces, El Polaco y yo y ¿Te acordás polaco? fueron furor discográfico tras sus respectivos lanzamientos. La gloria había sacado pasaje de ida para Varsovia, cariñoso apodo con el que el “Gordo” Troilo llamaba ocasionalmente a su amigo con la inconfundible gravedad de su voz curtida por copas y estaño.

La seguidilla de éxitos en continuado le dio al pájaro cantor de Saavedra luz propia y permanencia afectiva crónica en la memoria popular colectiva. Su vigencia se mantuvo inalterable durante décadas; en plena madurez artística, sin el caudal sonoro de los años mozos, Goyeneche deleitaba a la platea con su inconfundible verba y su don para decir como nadie. Troilo, lleno de profunda admiración, llegó a afirmar que el Polaco cantaba hasta los puntos y las comas de los poemas que narraba. Y todo con el pretexto del tango como mágico aliado. Su idioma gestual y sus estratégicos silencios habían creado un nuevo estilo, admirado por colegas y vanagloriado por la gente, que lo elevó al altar de mito viviente. Finalmente, la partitura de la crueldad del calendario le jugó una mala pasada al querido Goyeneche. Un 27 de agosto de 1994, contra su voluntad y bajo protesta por escrito, su endeble salud desentonó y le dijo adiós a la vida. O tal vez sólo fue un hasta pronto muchachos. ¡Gracias por hacerle el amor al tango, cantor de Saavedra! ¡Gracias por estos ojos vidriosos, Polaco! Canta, garganta con arena…   
  


Sergio A. González Bueno

Enviar nota a un amigo
De: Para:
Email:

Email:

Nombre: Nombre:
Apellido: Apellido:
(Para enviar a varios destinatarios separar los mails con coma. Ej, mail1@dest1.com, mail2@dest2.com)
Agregar comentarios (opcional):

 



 
 
De Fontanarrosa a Martino
 
Cielo leproso; infierno rojo
 
Francisco, un "Santo" en el Vaticano
 
Juan Román Riquelme, el dueño de la pelota
 
Sergio “Maravilla” Martínez: ¡Corazón… de campeón!
 
River, San Lorenzo, Boca… ¡España!
 
¿Y si Grondona llama a Guardiola?
 
Marcelo "Loco" Bielsa… el rey de la cordura
 
Fontanarrosa y la caricatura del campeón
 
El modelo Barça y el perfume del campeón
 
Último tango en el Monumental
 
El día que Cortázar vio jugar a Messi
 
Emanuel Ginóbili, el MVP made in Bahía Blanca
 
Nunca pensé encontrarme con el diablo
 
El Moulin Rouge de la calle Viamonte… función “Diez”
 
Martín Palermo y el séptimo arte
 
El Salmón se confiesa ante D10S
 
Sir Apache Charles Tévez de Manchester, el "Ciudadano del Gol"
 
Banfield Campeón del Apertura 2009
 
¡El Abanderado Messi es argentino!
 
San Palermo, Don Julio I de Sarandí... y ¡Maradona!
 
Siglo XXI cambalache
 
¿Todavía quiere ser médico, René?
 
El romántico trébol del Barça
 
El último partido de Borges
 
Clausura Cosecha treinta y pico
 
Roberto Goyeneche. El Polaco cantor de Saavedra
 
La final soñada
 
Habemus Maradona
 
Bonavena y el gen argentino
 
El cumpleaños del fútbol
 
River y el mito de la trilogía del éxito
 
Barça, paradigma del fútbol 2.0
 
Nuevas Elecciones en el Real Madrid
 
Los fallos que tuvo el proyecto de Florentino
 
El Villarreal, un gran ejemplo a imitar
 
Villarreal: un sueño hecho realidad
 
Rafael Nadal, como un héroe mitológico
 
Agüero está llamado a ser una estrella
 
Ronaldinho, el as de espadas.
 
Rijkaard, la liga y la plantilla
 
España, la mentalidad ganadora y Nadal
 
Un perico suelto en Madrid
 
La presión mediática sobre Messi
 
Valdano desnuda los manejos de Florentino
 
Barcelona y Madrid: premios y castigos
 
Pernía divide a España
 
La triste moda de no respetar la palabra