Habemus Maradona
El celular de D10S

En épocas de éxitos al por mayor y hegemonía futbolística xeneixe tanto a nivel doméstico como internacional algunos críticos de las maneras y del juego de los equipos de Carlos Bianchi argumentaban -sin ponerse colorados- que buena parte del mérito de sus logros deportivos se los debía a la suerte, inseparable amiga del ex canillita y goleador de raza, posteriormente devenido en prestigioso entrenador. A tal punto se popularizó la identificación del DT con el azar que los imaginativos opositores, enemigos declarados de la cultura bianchista, se animaron a rebautizarlo como Charles Lucky. Es más, haciendo gala de una osadía celestial con aires de autorizada palabra santa, los sacerdotes de la eucaristía del balón difundían en sus habituales homilías mediáticas que el Virrey tenía el número del celular de Dios.

Avalado por los títulos a granel en su segunda casa velezana y en sus dos gloriosos desembarcos en La Boca, la pregunta de los especialistas de la pelota y de los incrédulos hinchas no se hizo esperar. ¿Por qué razón Bianchi no fue designado DT de la Selección? La respuesta a la masiva incógnita cuenta con aditamentos racionales y particulares interpretaciones de la familia Grondona; las tres negativas consecutivas del técnico al mandamás de la AFA acentuaron sus diferencias y alimentaron los enconos entre los protagonistas de la patética novela de intrigas y misterios, cuyas escenas finales iban a rodarse en el predio de Ezeiza. No obstante ello, para boicotear su inminente arribo y abortar una candidatura que arrasaba en las encuestas, Grondona Junior -actual presidente de Arsenal de Sarandí y ladero incondicional del padre/jefe de los despachos- expuso enfáticamente que los rechazos de Bianchi eran comparables a las actitudes arrogantes y los sistemáticos no al seleccionado de Fernando Redondo. Tampoco ayudó a la causa el perfil bajo del coach y su nula exposición pública; en la calle Viamonte, molestos por el triple desplante y ciertos actos de soberbia del míster, pretendían escuchar de boca del propio Virrey una frase impropia de su estilo: “Me muero por dirigir la Selección”. A cambio, sólo llegaron al recinto del órgano rector algunas tibias versiones de allegados al DT (Digón y Coppola) informando que estaba dispuesto a volver a las pistas. Lo que sonó a poco para el herido ego del señor G y sus descendientes.

Cerrado el capítulo Bianchi -si es que alguna vez estuvo abierto- tomó cuerpo una vieja idea de la familia Grondona. La misma se potenció en Pekín con el oro y la influencia positiva de Maradona en el plantel olímpico. La hora del arribo de la Generación del 86 a la Mayor había llegado. Entonces, para formalizar el plan M y un cuerpo técnico colegiado con manager activo, era indispensable la presencia del garante y cerebro del proyecto: Carlos Salvador Bilardo. Luego del esperable y digno portazo del “Coco” Basile, el primer y estratégico paso fue limar asperezas con Bilardo, de quien Julio Grondona se encontraba distanciado. En el cónclave, desarrollado el 27 O en el departamento del vicepresidente de la FIFA, ubicado en el cotizado barrio de Puerto Madero, los personajes se pasaron facturas mutuas por desencuentros varios (Bilardo afirmó que Grondona tenía que irse de la AFA para que el fútbol argentino mejore) y acordaron una reconciliación ¿interesada? por el bien de la Selección. Entrando en detalles, un fuerte rumor recorre los pasillos de la Casa Madre del balompié criollo; ergo, algún infidente que tuvo acceso a los detalles de la conversación comparó dicha cumbre con la famosa frase “la casa está en orden” -cuya autoría intelectual pertenece a Raúl Alfonsin-, y reveló un pacto secreto entre los dos popes: post Sudáfrica 2010, Grondona dejaría la presidencia del fútbol doméstico y le cedería el mando a Bilardo. El tiempo confirmará o desmentirá el presunto y maquiavélico acuerdo.

Una vez firmada la paz, interrogado Bilardo sobre cómo veía a Diego física y mentalmente  para suceder al renunciante Basile, la venia del último DT campeón del mundo propició la fumata celeste y blanca y el ansiado anuncio del “Habemus Maradona”, el cual se hizo público pocas horas después. El “Diez”, recién llegado de Georgia por sus compromisos con el Showbol, previo llamado de Norai Nakis, viajó al santuario de don Julio sabiendo que el buzo tenía nuevo dueño y que el 30 O iba a festejar sus 48 años de ajetreada vida con el cargo de DT de la Selección como lujoso regalo de la familia Grondona. El anhelado deseo de Pelusa por dirigir a Messi, Agüero, Tévez, Riquelme y compañía se hacía realidad. Así, al ingresar al moderno edificio, sus oídos escucharon la música que tanto esperó: “Diego, la Selección es tuya”. La frase, pronunciada por el señor G, conmovió a Maradona en sus fibras más íntimas. Bilardo puso al tanto a Diego del proyecto y le dijo que él iba a ser el Nº 1 dentro de un grupo de trabajo colegiado; su presencia, además de motivar a los díscolos tenores europeos, serviría para recortar la brecha generacional y hacerles entender a sus leones el significado y el orgullo de vestir la celeste y blanca. Las dos palabras que dominaron la escena en el encuentro fueron actitud y compromiso, rasgos que brillaron por su ausencia en las últimas presentaciones de la Mayor. Es más, en la intimidad de la charla se convino que no habrá hijos ni entenados; el mensaje generalizado, coincidiendo con una reciente reflexión del Diez, resultó uniforme. Los dueños de la pelota quieren a Mascherano y 10 jugadores más, añorando el grado de identificación y la huella que dejó la célebre Generación del 86. Grondona puso una sola condición al nombramiento: que el Checho Batista y el Tata Brown oficien de ayudantes de campo de Maradona, lo que fue aceptado por Diego. Igualmente, una impensada negativa de Sergio Batista -mortificado porque dirigentes de segunda línea de la AFA le habían anticipado que él sería el elegido- apuró la firme intervención del Jefe, quien puso en caja al ex Argentinos, cuestionó su personalismo y lo invitó a sumarse al proyecto con una mejora económica y la certeza de que seguirá al frente de los juveniles. Concluido el espinoso tema DT, que contó con aristas particulares, como la inesperada aparición pública de Claudio Morresi, Secretario de Deportes de la Nación, quien “sin invadir autonomías” (frase que no gustó para nada en el entorno cercano al presidente afista), exigió una pronta definición del relevo y explicaciones al mismísimo señor G sobre el proyecto para la Mayor, la calma volvió a sacar entrada en la catedral de la calle Viamonte.

La presentación oficial de Maradona en el banco será el 19 N ante Escocia, en Glasgow. Entre tanto, en una carrera contrarreloj con destino final en Sudáfrica y la irresistible tentación de levantar la tercera Copa del Mundo luego de veinticuatro años de sequía, Diego asumió -por voluntad propia- el desafío de su vida junto a Bilardo y el apoyo incondicional de la familia Grondona. De todas formas, el ídolo nacional pondrá en juego su condición de leyenda viviente de los argentinos; el banco de la Selección humaniza e iguala. En adelante, el emblema de la patria futbolera mutará en un ser humano terrenal, expuesto a los coqueteos del señor resultado y a las despiadadas puñaladas de una sociedad hipócrita, individualista y discriminatoria. La prueba de la madurez para conducir un grupo de estrellas millonarias lo espera. Los enemigos están al acecho; si los triunfos no acompañan su gestión, el vendaval de ataques mediáticos será incesante. Los oportunistas juicios de reproche de las dolidas viudas de Bianchi no tardarán en ganar espacio en la prensa. Al igual que los sabios pronosticadores del previsible apocalipsis maradoniano por su falta de rodaje y sus posibles recaídas de salud. Y Diego lo sabe. Aunque parece no importarle el riesgo asumido. Tan confiado está en sí mismo para afrontar el reto de dirigir a “su” Selección que fue él y no el Virrey quien tenía el número del celular de D10S.

Sergio A. González Bueno

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