River y el mito la trilogía del éxito.

La cátedra futbolera esgrime -cual dogma irrefutable- que la única receta para garantizar títulos y sumar estrellas a una entidad es la llamada trilogía del éxito, compuesta por dirigentes, jugadores y cuerpo técnico. Según sus apologistas, la sana convivencia y el trabajo armónico de sus integrantes resulta un cheque al portador para seducir al esquivo señor resultado. Entonces, bajo el influjo del plus anímico que otorga una secuencia de triunfos, el hincha se contagia e invierte sus ilusiones en la Bolsa de Valores de su escudo. El argumento de sus tenaces propulsores no admite disenso alguno; el festejo alocado decora la escenografía del campeón y la cena de la celebración recuerda el espíritu bon vivant del inolvidable “Gato” Dumas.

Sin embargo, desafiando a los sabios de la pelota, River se coronó como el mejor del Torneo Clausura 2008 en medio de una patética crisis institucional que por momentos lo desangró, exponiendo sus miserias sin decodificarlas. La puja por el poder en la barra brava del club, denominada Los Borrachos del Tablón -no exenta de escándalos al por mayor, acusaciones, amenazas, detenciones de sus líderes y hasta el repudiable asesinato de Gonzalo Acro-, llenó las páginas policiales y deportivas de los medios criollos; los recurrentes problemas con el alcohol de Ariel Ortega alarmaron a la feligresía riverplatense tanto como sus asiduas recaídas y posteriores ausencias a los entrenamientos; el ridículo del San Lorenzo-gate, además de la prematura eliminación de la huidiza Copa Libertadores y el evitable folclore de arrojar maíz para agredir a los futbolistas-gallinas autores del agravio, dejó como lamentable secuela la sinrazón y una peligrosa imagen de descontrol y locura colectiva. Las declaraciones de Ahumada, apuntando a una excesiva frialdad en el aliento de la gente al equipo -en contraste con la hinchada de Boca, el enemigo íntimo-, potenció la ira generalizada fruto de una verba cuanto menos inoportuna por parte del volante central. La gestión Aguilar vivía su momento más crítico; perdida en un laberinto sin salida y patentando una acefalía conductiva preocupante, el horizonte de las huestes de la banda roja se avizoraba oscuro. El conflicto -naturalmente- emergió y las forzosas esquirlas internas agravaron la patología autodestructiva del paciente millonario. Así, el prematuro diagnóstico de una tribuna en llamas auguró el peor de los presagios: un año más en blanco.

Entre tanto desmadre, sacó entrada al Monumental la coherencia de un gerente de fútbol llamado a hacer historia: Diego Simeone. El otrora ídolo colchonero hizo suya la baraja de la serenidad y levantó la autoestima de un plantel abatido y confundido. Su mensaje fue claro; concentración máxima para lograr el objetivo, abstracción de un entorno agresivo y personalidad para disputar las cuatro últimas y decisivas finales de la competencia. Los jugadores, ninguneados por sus hinchas y heridos en su orgullo ante la afrenta santa, se juramentaron torcer la historia y vaya si lo consiguieron. El legado de Di Stéfano, Sívori, Labruna, Francescoli y Alonso se corporizó en la figura del nuevo heredero, Diego Buonanotte, el sonetista del gol. River, a pesar del escepticismo propio y la burla ajena, protagonizó una vuelta olímpica impensada y derrumbó el mito de la trilogía del éxito. Es que la regla tiene excepciones. Si tiene dudas, consulte en Buenos Aires dónde queda la sucursal de la alegría. La respuesta espontánea no se hará esperar: ¡estadio Antonio Vespucio Liberti!

Sergio A. González Bueno

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