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Prólogo
 

El Fútbol que no miramos. La cultura de la pelota

PRÓLOGO

El fútbol enamora, contagia emoción y sin razón en partes iguales. Es un fenómeno masivo que une sentimientos y angustias, la religión de cada domingo que congrega a cientos de miles de peregrinos devotos del balompié. La grada convoca a todas las clases sociales, sin distinción. En el templo sagrado se juntan desde los fieles de más bajos recursos hasta la elite, todos ellos igualados y hermanados en la unanimidad del aliento y la pasión por su divisa. En la misa semanal, los santos inocentes profesan un conmovedor acto de fe, rogando por la ayuda celestial que los guíe en la procesión del triunfo. El fanatismo se convierte en desencanto cuando el órgano rector no da respiro al bolsillo del asociado; el apretado calendario, cargado de competiciones con un indisimulable ánimo recaudatorio, abruma.

El fútbol entretiene, descomprime la tediosa carga de monotonía que ataca el alma y entristece los corazones. Es la medicina que el galeno recomienda al paciente afectado por el síndrome del desencanto, trastorno patológico heredado del peligroso virus de la globalización. Su magnetismo atrapa hasta a los más escépticos, quienes caen rendidos ante la exhuberancia de su belleza. En él afloran el dramatismo -con épicas remontadas incluidas-, la estética de sus gladiadores -artistas contemporáneos que regalan felicidad- y el drama deportivo -cruelmente encarnado en el desconsolado llanto de la derrota-. Es espejo para bien y para mal. La mayoría de sus nobles aficionados enriquecen el espectáculo con su ética y su transparencia; los menos, poderosos magnates adictos a los negocios infames, lo invaden con la perversidad y malicia de su innoble propósito: valerse del fútbol para multiplicar sus rentas por millones y ganar en popularidad.

El fútbol engorda los sentimientos solidarios, exacerba los sentidos del buen gusto y despierta la sensibilidad humana, adormecida bajo la dictadura del individualismo. ¿Cómo explicar desde lo racional el festejo de un gol del Madrid abrazado a un desconocido en el palco del Bernabéu? ¿Cuánto se cotiza el maradoniano gol de Messi al Getafe en la Bolsa de Valores de Tokio? ¿Quiénes no se emocionaron con las hazañas y la historia de vida de “El Divino” Zamora? El juego es la simbiosis exacta de fantasía y compromiso, virtudes que caminan por la misma calle en busca de la gloria deportiva. Ocasionalmente, los jugadores se transforman en cómplices involuntarios del sistema, padeciendo la estafa y el recurrente engaño de la prescindible especie denominada intermediarios o representantes, oscuros personajes que manejan sus carreras con el único norte de su beneficio personal, llámense euros o petrodólares. Amén de honrosas excepciones, aquéllos egoístas y ambiciosos sujetos -hábiles en el arte de adueñarse de elevados porcentajes del producido de regalías ajenas- pasean su descaro a bordo de lujosos yates y fastuosas residencias, financiadas gracias al remate al mejor postor del físico de sus pupilos.

El fútbol enaltece la competencia, castigando la avaricia como método. La injusticia del resultado saca ticket excepcionalmente; la regla divina premia a los más audaces, aquéllos que apuestan todas sus fichas al talento sin resignar el orden colectivo, aquéllos que no retacean lujos ni gambetas en nombre del pragmatismo, aquéllos que regalan chilenas y taconazos en lugar de dobles y triples pivotes defensivos. El asociado exige resultados, aunque valora las maneras y el estilo adoptado para alcanzar el objetivo llamado victoria. Si el camino transitado respeta la estética y la rica historia de su disciplina, el mérito será mayor. 

El fútbol rescata el espíritu amateur, el amor incondicional a la camiseta, la identificación del hincha con el club y su escudo, representa el orgullo de ser y la dignidad deportiva exaltada en el protagonista principal de la obra: el jugador. Cuestionado en el fracaso y usado como material de descarte en los cambios de ciclo, el futbolista siempre sale absuelto de culpa y cargo. Víctima del maquiavélico entorno, se rescata su entereza y su hombría de bien, aunque algunos emisarios del demonio los tilden de peseteros.

El fútbol exalta el honor de la rivalidad y las buenas artes como insignia. Los derbis nos entregan ardorosas batallas dónde se disputa mucho más que los tres puntos: se dirime la supremacía futbolística de la ciudad. Bajo el embrujo de la infalible reina de los números del balón, más conocida como estadística, se forjaron historias de bestias negras -con las cargas psicológicas que ellas conllevan- y se sacrificaron colegiados, acusados por el venenoso dardo del oscurantismo del resultado; para beneplácito de la afición, los épicos enfrentamientos se renuevan cada inicio de curso, potenciando el folclore del entorno a la espera del ansiado domingo. El escenario del duelo puede variar, la ilusión por gritar el gol del triunfo en el epílogo del clásico ante el enemigo íntimo no la paga ni la suculenta chequera de Roman Abramovich.

El espectáculo, algunas veces, resulta opacado por la imbecilidad de quienes discriminan conforme el color de piel o la nacionalidad. El racismo genera violencia y repudio generalizado, es un maldito estigma hijo de la ignorancia y del destrato al par. Pariente cercano de la xenofobia, cuya espantosa receta consiste en hostilizar y promover el odio hacia los emigrantes extranjeros. Nada ni nadie justifica actitudes tan miserables; los minoritarios grupos enrolados en esta nefasta corriente ideológica son un severo llamado de atención para quienes gobiernan al mundo. Algo grave está ocurriendo y no debemos mirar para otro lado.

El fútbol reivindica la cultura de la pelota, denostada por los intelectuales, quienes rechazan el fenómeno de masas por irracional y oprobioso. Sus juicios parecen sentencias inapelables, su totalitarismo conceptual  -intolerancia mediante- paraliza, impidiendo el sano debate. Sin embargo, el deporte rey resiste los calificados embates desde sus orígenes, amparado en el código popular de quien se sabe inmortal por herencia genética; aún en tiempos de violencia y  locura colectiva -no sólo imputables al fútbol-, la llama de su fuego no se apaga.

¿Imaginan a Jorge Luis Borges calificando de antiestético al genial Di Stéfano? ¿Por qué misteriosa razón los “alienados” espectadores de Chamartín despidieron a Ronaldinho -el enemigo- entre aplausos y pañoladas de admiración después de una notable exhibición futbolística del brasileño en la catedral blanca? 

¡El fútbol es maravilloso! A pesar de quienes abogan por su abolición, exaltando sus miserias y sus males, el balón invita al juego. El juego estremece al público, genuino testigo de su enigmático encanto. Se venera a los artesanos del regate y a los poetas del gol; confundidos en un fraternal abrazo, millones de personas exaltan su orgullosa felicidad por el inolvidable alirón o derraman amargas lágrimas de impotencia ante un inesperado nocaut. Alabada sea la pelota. Enhorabuena.

                                                                                   Sergio A. González Bueno

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