Los 12 Apóstoles del Fútbol

PREFACIO

    El fútbol es la religión que une a los adoradores de la pelota en todo el planeta. En las catedrales -escenarios de mitos y leyendas heroicas-, los fieles devotos del juego exaltan sus testimonios de fe, predicando el universal mensaje de su pasión. La congregación muta su aliento conforme los colores de la divisa por la que delira, poniendo la otra mejilla y perdonando los pecados cometidos… ¡hasta el próximo partido! Se le rinde culto a los "elegidos", aquellos versados evangelizadores en difundir la palabra felicidad, simbolizada en la conmovedora gesta de una ansiada vuelta olímpica o en un angustioso triunfo en tiempo añadido ante el clásico enemigo íntimo. Los modernos gladiadores, discípulos de la eucaristía del balón, ejercen de profetas que transmiten la oración del deporte rey a todos los asistentes al glamoroso banquete. En la cena -evocatoria del espíritu de Leonardo da Vinci- prolifera la multiplicación de la fiesta deportiva y el fervor peregrino por descubrir a los nuevos mecenas, ídolos que regalan el sabroso cáliz de la vid del gol.

    La multitudinaria misa reúne a los habitués de la liturgia futbolera, quienes apelan a la voluntad divina para justificar una impensada derrota o una prolongada racha adversa. Consumada una aplastante victoria ante un adversario diezmado o provisto de disonantes tenores, aparece en escena el jurado de la misericordia, fogueado comité en materia piedad. Los obispos de la gambeta son venerados como ángeles protectores de la gallardía y los ateos del "doble cinco" son acreedores al escarnio de la propia tribuna, extenuada por el monocorde sonido de sus excusantes homilías tácticas. Algunas veces, el vía crucis de la tediosa temporada culmina con el calvario del descenso; en otras ocasiones, el sacrificio colectivo de un grupo de jugadores-clérigos, altruistas misioneros de la doctrina del toque, permite transitar los santuarios que llevan al claustro de la salvación.

    Desafiando a los apostatas del balón, quienes intentan ensuciar con sus lucrativos hábitos los majestuosos vitrauxs de las capillas del siglo XXI, los creyentes-hinchas evocan con sublime admiración la grandeza de Los 12 Apóstoles del fútbol. Los oradores de la pelota exaltaron la nobleza del juego, desenmascarando a los herejes; portando la mística de sus antecesores semidioses de corto y botas, obsequiaron su majestuoso don semana a semana, conmoviendo al público asistente sin distinción de raza, bandera o credo. Se recuerdan sus románticos caños y la belleza gótica de sus goles, que santificaron el alma de los monjes franciscanos del esférico. Caracterizados artesanos en desairar rivales mediante una deliciosa pared, escultores del amague, el sombrero y la aceleración, el impresionismo de su colorido fútbol cotizó a la altura de una pintura de Van Gogh o de un lienzo de Monet. Ganadores del Óscar en el rubro milagrosos triunfos sobre la hora y títulos conquistados bajo la influencia de sus prelados, las épicas proezas de su orden cristianizaron el ánima del ferviente cabildo abierto del deporte rey.  

     La enumeración de los doce discípulos generará polémicas y cuestionamientos tanto de la cátedra como del calificado lector; las subjetivas y "necesarias" omisiones, instaladas en las antípodas de un criterio tendencioso, obedecen a un patrón genético análogo a la memoria emotiva y la afinidad ciudadana con el futbolista escogido. Además, la rica semblanza del personaje, consanguínea del rigor científico investigativo, inclinó la balanza del equilibrio beneficiando la loable historia de vida del artista seleccionado. Un párroco rosarino, en el acto sacramental de la confesión, dolido por la amnésica ofensa de excluir del listado a un ascendente misionero radicado en Cataluña -paisano del sacerdote, por cierto-, impuso como penitencia absolutoria un reverencial rezo en homenaje a Lionel Messi.
Chilena mediante a la licencia, abogo por rescatar la prosapia de los iconos futbolísticos de todos los tiempos, desde Just Fontaine hasta Pelé, desde Alfredo Di Stéfano hasta Diego Maradona, desde Giuseppe Meazza hasta Eusébio, desde Obdulio Varela hasta Garrincha, desde Franz Beckenbauer hasta Johan Cruyff y desde Sir Robert “Bobby” Charlton hasta Luis Suárez. El orden de prelación en el relato no respeta un rango jerárquico que implique preferencias sobre las calidades de los auditores catequistas del balompié; la metodología aplicada, alejada de un criterio literario cronológico, apunta simplemente a la espontaneidad. Dicho atributo, vilmente robado a la clase obrera del fútbol por el absolutismo del resultado, obró como pretexto invaluable para rescatar de las fuentes sabrosas anécdotas asociadas al espíritu lúdico de los apóstoles, sabios oradores de la palabra de D10S.    

    La bendición marca el final del acto religioso; la noble colectividad del taco y la pisada, a modo de sentido diezmo por tanto júbilo, donó la humilde ofrenda de su reconocimiento a los miríficos pastores del cuero. Injustamente, un puñado de eximios cardenales de la estética, por ancestral imposición de la aristocracia dominante, cargó con la pesada cruz de ser ejemplo de la sociedad. Sorteando la insensata manda con maradoniana pericia, los virtuosos sermoneadores de la rabona, hermanados en el católico credo del campeón y "consagrados" por el sacramento de sus bíblicas hazañas, conquistaron para siempre el corazón de la efusiva feligresía dominguera. Amén.

 Sergio A. González Bueno

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