Invitación al Lector

Mi primeros coqueteos con el fútbol se remontan a principios de los años 70; tanto en la casa de mis abuelos maternos, ubicada en Lanús, como en mi domicilio de Villa Lugano, el vehículo que me transportaba a la galaxia de la felicidad -convirtiéndome en autista según la sabia definición de mi madre- se llamaba portátil. El aparato transistor exaltaba el inconfundible eco de la portentosa voz del “Gordo” José María Muñoz, quien  nos regalaba a los adictos a la radiofonía y amantes del balompié las proezas de Oscar Pinino Más, el Gringo Scotta, el Toti Veglio, el Heber Mastrángelo, el cerebral Miguel Brindisi o el inimitable René Houseman, entre otras luminarias de la época. La memoria me lleva en un viaje relámpago directo al corazón de aquellos maravillosos y dorados años de mi infancia. Vaya a saber porqué misteriosa razón se produjo una química especial que me identificaba plenamente con el aura del relator de fútbol. Seducido por el sonoro encanto de la pulcritud de su dicción, admiraba a los románticos poetas del balón; su lírica prosa ostentaba el envidiable don de transmitir emociones a modo de goles y campeonatos, coronando sueños ajenos con el himno de la narración como aliada. La puesta en escena era ideal, el libreto incluía la angustia por el resultado final, el cual obligaba a apagar la Spica para evitar el infarto de miocardio prematuro, complementando la lograda escenografía la imaginación del oyente, quien equiparaba las hazañas de sus ídolos domingueros con los admirados héroes del celuloide.

La irrupción de la dictadura de la TV, sin pagar el impuesto del agravio por su abuso de poder, con la complicidad de la autoridad incompetente y la guardia baja de los sometidos clubes, intentó robarles la magia y el sublime encanto a los épicos artistas de la radio. La patética excusa para justificar el “golpe de estado a los micrófonos” consistió en la modernización y el avance tecnológico, lo que hoy en día conocemos como imagen satelital. Ello devino en la proliferación de devaluados clásicos y promociones especiales de los exclusivos prestadores, cuyo innoble propósito consistió en cautivar la pasión del fiel hincha a cambio de convenientes abonos. El siguiente y estratégico paso apuntó a capturar su voluntad consumista bajo el seductor influjo de la alta definición de los LCDS, socios ocultos del oneroso decodificador, algunas veces bonificado por el diablo.

Ante tanto atropello, el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner democratizó el fútbol, asociándose con el vitalicio "padrino" de la AFA, Julio Humberto Grondona. Arriesgado, el loable cambio favoreció a la grey futbolera, derrotando -¡por fin!- a la insolente Selección del Monopolio. A la espera de una mediata licitación, el fascinante espíritu del éter resiste estoicamente los ignominiosos golpes de nocaut de la modernidad.

Los recuerdos de mi adolescencia me llevan, inevitablemente, a rescatar la figura de ese gladiador de Villa Fiorito, inscripto en el Registro Civil bajo el nombre de Diego Armando Maradona; el “10” significó para los amantes del fútbol de mi generación -clase 65 para más datos- la perfecta conjunción del ADN del jugador argentino elevado a la enésima potencia. En la obra literaria deportiva de mi autoría, titulada “El fútbol que no miramos. La cultura de la pelota”, encuentro una definición sintética que resume lo que pienso del icono futbolístico por antonomasia de los argentinos…. “El Pelusa, a mi modesto entender, fue el más grande jugador de fútbol de todos los tiempos en la era profesional. Un futbolista sublime y conmovedor, generoso en lo colectivo, guapo, artista inigualable, líder positivo, carismático. Querido y admirado por sus colegas, siempre contagió alegría. Emocionaba verlo en acción, dueño de una zurda prodigiosa que trataba de tú a tú a la pelota, seduciéndola con mimos y un romanticismo digno del andaluz Gustavo Adolfo Bécquer. El “10” dejó su huella indeleble en el mundo fútbol. Mezcla de Picasso, García Márquez, Pavarotti y Gassman, nadie entendió como él este juego”.

La sociedad y el mandato familiar, a fin de graduarme y obtener un título universitario en una profesión de las llamadas tradicionales, unánimemente aceptada por la cátedra sin que al alumno lo califiquen de “vago o inútil”, me llevaron a incursionar en la carrera de abogacía; urgido de adquirir la formación académica imprescindible que me habilitara en la matrícula para firmar una sucesión, un divorcio o un despido, las aulas de la Universidad de Belgrano primero y las de Kennedy más tarde -gracias a la pedagogía y altruismo de algunos brillantes profesores-, fueron mi pasaporte para sumar conocimientos no sólo legales sino también humanísticos y literarios. No obstante ello, por decisión personal y vocación asumida, la Facultad de Derecho muchas veces resultó postergada por Boca, River, Independiente, San Lorenzo, Racing y siguen las firmas. Así, el periodismo ocupó un espacio importante en mi vida durante más de ocho años; tuve el honor de trabajar junto a magníficos profesionales como Alejandro Apo y ese personaje de fábula llamado Diego Bonadeo (un maravilloso docente de la profesión que instruye desde la humildad y el saber, gambeteando sabiamente los egos y el autoritarismo), quienes me transmitieron su bohemia, su ética y sus conocimientos. El entrañable Apo, devenido en virtuoso especialista en el arte de recitar versos de autores que le rinden tributo a la cultura de la pelota, ejerció de padrino con mayúsculas y puente indispensable para coronar un anhelado sueño: conocer en persona al mejor relator de habla hispana que jamás escuché, el inigualable Víctor Hugo Morales.

Finalmente, muy a mi pesar y bajo protesta por escrito, el abogado y el traje reemplazaron al micrófono y al vestuario, aunque el periodista y el escritor siempre convivieron conmigo; sus fantasmas me persiguieron taladrando mi alma, hasta que el Diario Marca de Madrid ofreció un concurso premiando la mejor obra literaria deportiva del 2007. Ello despertó mi renovada pasión por el género, y el entusiasmo inicial que me empujó a competir, le dio paso a la imperiosa necesidad de subir mis trabajos a la red. Entonces, se impuso por goleada la creación de esta página, cuya mayor ambición apunta a compartir impresiones, anécdotas e historias futboleras con el calificado lector. Confieso sin pudor que a fin de no pasar papelones y correr riesgos con el promedio del descenso, recurrí a la inestimable colaboración técnica de un artesano en el armado de los links, contenidos y demás recursos cibernéticos. Su nombre es Lucas Cozzi. A tenerlo en cuenta porque tiene futuro de Selección.

Concluyo la presentación invitando a todos los adictos a la religión del fútbol para que, mediante el olvidado recurso del disenso respetuoso o enarbolando las banderas de la sana crítica -la discrepancia de buena fe enriquece, ¡qué duda cabe!- nos unamos y tiremos lujosas paredes en nombre de los Di Stéfano, los “Charro” Moreno, los “Beto” Alonso, los Bochini, los Kempes, los Maradona, los Messi y tantos otros avezados y afinados intérpretes de la música del gol. Gracias por su tiempo.

Sergio A. González Bueno

 
   
 
   
  
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