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¿La cultura del opio de los pueblos?
 

El Fútbol que no miramos. La cultura de la pelota


LOS INTELECTUALES Y EL FÚTBOL.

La literatura y la pelota

         Algunos intelectuales subestiman al fútbol, minimizándolo. Son aquéllos que a pesar de su brillantez y su eximia formación académica se autolimitan desacreditando el fenómeno. Su discurso se basa en la negación por la negación misma; instalados en el púlpito del conocimiento, critican a la masa por irracional y agresiva. En su mundo ideal, no contemplan que se pueda disfrutar tanto de Mozart como de un derbi en el Bernabéu. No justifican que un país se paralice por ver una definición de Liga entre el Madrid y el Barça si el remodelado Museo del Prado ofrece una exposición de obras de Goya, Velázquez o Picasso. Mucho menos entienden que cada cuatro años un Mundial “aliene” -según ellos- a cientos de millones de personas, quienes modifican su humor y sus conductas conforme como le vaya a su Selección en el evento. La palabra fútbol los desencaja, exaltando sus ocultados fastidios; brotados por su difusión y tratamiento, suelen utilizar el agravio para descalificar a la especie. De todas formas, la corriente de pensamiento no resulta unánime. Existen los detractores sistemáticos del “opio de los pueblos” y los adoradores del juego. Para los primeros, el fútbol es sinónimo de brutalidad, nacionalismo exacerbado y fanatismo antipopular; para los segundos, de noble competitividad, estética inigualable y épico coraje deportivo.

El funadamentalismo de Borges y el apologismo de Camus

         Entre quienes denostaron al fútbol sistemáticamente, la principal cara visible fue el políglota escritor argentino, Jorge Luis Borges. Nacido en Buenos Aires un 24 de agosto de 1899, el notable autor siempre mantuvo un discurso uniforme al referirse a la cultura de la pelota, despreciando todo lo vinculado con lo masivo y lo multitudinario. Fundamentalista al extremo, en cada aparición mediática soslayaba que detestaba la idea de la competencia deportiva, a la cual calificaba de innoble. Denigraba tanto al fútbol que el 25 de junio de 1978, cuando se disputó la final del Mundial criollo entre Argentina y Holanda, a la misma hora del partido, organizó una conferencia sobre la inmortalidad. Ello generó polémicas encontradas; por un lado, sus apologistas interpretaron dicha actitud no sólo como una declaración de fobia eterna al balompié, sino también, como una toma de posición respecto de la cruel dictadura que padecía la Argentina por aquellos años. Desde la sublime admiración, sus adeptos entendían que el comportamiento borgeano implicaba una condena al modelo de la muerte y del horror. Por otro lado, sus conspicuos enemigos, rescatando del archivo periodístico algunas de sus declaraciones, encontraron perlas para difamarlo. Entonces, sacaron a la luz opiniones elogiosas del escritor a la gestión de los militares asesinos de la represión y alabanzas al modelo de gobierno autocrático de Pinochet, quien incluso condecoró al poeta en Santiago de Chile. 

         El escritor argentino Rodolfo Braceli, en su libro De fútbol somos, definió a Borges como un iconoclasta que detestaba todo lo masivamente venerado. Tomando palabras del propio protagonista, lo tildó de ignorante del balompié, circunstancia que -según Braceli- limitó su capacidad cognoscitiva para opinar con autoridad sobre el fenómeno. Admiro el polifacético espíritu literario y la devoción futbolera del periodista criollo, la cual comparto y suscribo, aunque discrepo con los argumentos que utiliza para descalificar a “la pluma”. La confesión de una carencia no inhabilita al declarante a participar en el debate; tachar de incompetente al autor por su sinceridad, negándole la posibilidad de opinar, implica un acto de soberbia afín a la prepotencia.

         Para conocer las polémicas citas de Borges, rescatamos de la biblioteca una recopilación de sus frases más ingeniosas. Egresado de las aulas de la coherencia, el profesor de letras jamás morigeró el tono de su voz ante el repetido aplazo impuesto a los alumnos adictos al balón. Entonces, con la seguridad del juez Baltasar Garzón, acusó al deporte rey de perverso y banal. A tal punto llegó su dogma que afirmó: "El fútbol es popular porque la estupidez es popular". Para el poeta argentino, además de exacerbar el falso nacionalismo, era antiestético. Así, aseveró: "Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos. Mucho más lindas son las riñas de gallos". Dueño de una fina ironía, atacó el espíritu de competencia del juego, comparándolo con la opresión que ejerce el gobierno sobre la gente. Así, llegó a afirmar lo siguiente: "La idea que haya uno que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible".

         Borges, en su recurrente crítica al fútbol, incorpora como elemento agravante para condenar a prisión a los amantes de la pelota la absurda complicidad de los aficionados, a quienes sólo les importa el triunfo, dejando de lado cualquier aspecto lúdico o meramente competitivo. Desde su brillante lucidez intelectual y movido por la oposición visceral a la especie, desveló una verdad dolorosa que nos define como sociedad, exponiendo crudamente nuestras miserias. Así, sostuvo: “La gente hace de un triunfo o una derrota una cuestión de vida o muerte”.
Borges no sólo le apuntó al corazón del fútbol; en su mensaje, condena un modelo de exclusión social que podríamos definir como la “aristocracia del éxito”. En los cánones del postmodernismo está prohibido fallar, a riesgo de ser calificado como incapaz y prescindible; el mensaje subliminal -y a veces no tanto- es sumamente temerario, sólo sirve el triunfador, el que aparece en las portadas. La opinión pública, con las defensas bajas y el perverso aparato publicitario que la agobia, compra la receta de la discriminación y sobredimensiona a una figura mediática -modelo a seguir- por sobre un sacrificado maestro rural que educa desde la vocación y el altruismo más admirable. Si pertenecer al mundo globalizado significa pagar el elevado precio de privilegiar a unos pocos en desmedro de la mayoría, dimito como integrante de esta farsa y me alineo en las filas de los revolucionarios humanistas.

         El poeta internacionalizaba su agravio al creador del balompié. Entonces, su sutil dardo venenoso apuntó con certeza y dio en el blanco inglés. En medio de un apasionante relato crítico y exacerbando su sistemático desprecio, dijo: “Que raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol. El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra".

         Un Borges auténtico, de colección. Se podrá coincidir o discrepar con su totalitario enfoque, lo que no se podrá -so pena de pecado capital- es desautorizarlo intelectual o moralmente para pronunciarse acerca del acontecimiento deportivo, aun considerando la sinceridad de su confesión. El desconocimiento puede implicar limitación a la hora del debate, mas no debería obrar como bozal para impedir genuinas expresiones que exaltan el libre albedrío de uno de los máximos exponentes de la literatura del siglo XX.

         Dentro de la especie “adoradores del fútbol”, sería imperdonable omitir mencionar al notable escritor francés Albert Camus. El particular filósofo nació el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi, Argelia, posesión gala en esa época. Su vinculación con el deporte rey se produjo desde chaval en la Universidad de Argel. En sus comienzos, seducido por el juego y bajo la complicidad de algunos amigos de la infancia, debutó en un club llamado Montpensier. Corría el año 1939 y, a causa de su deteriorada salud, fue internado en el hospital Musthafa, donde los médicos le diagnosticaron tuberculosis. El consejo de los galenos fue lapidario: debía dejar de jugar al fútbol; el duro golpe lo encontró con diecisiete años y las ilusiones destrozadas. No obstante ello, no cejó en su intento de seguir ligado a su gran pasión, convirtiéndose en un correcto portero. Con el tiempo, defendió los colores del RUA (Racing, de la Universidad de Argelia), club de sus amores en su país natal. De su época de guardameta amateur rescatamos una de sus frases más logradas: “Aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga”. Toda una definición que resume el duro oficio del portero.

         Los años juveniles del autor de El extranjero fueron -a pesar de su enfermedad- los más felices de su vida. Desde muy pequeño, alentado por uno de sus profesores, Jean Grenier, comenzó a escribir una serie de artículos, los cuales fueron publicados por la revista Sud en 1932. Finalizado el bachillerato, se diplomó en estudios superiores en letras, en la sección de filosofía. De ideales comprometidos, defendía su condición de anarquista tanto como su amor a la pelota. En la cima de su carrera como escritor consagrado, recordó emotivamente su paso como arquero del RUA: “No sabía entonces que veinte años después, en las calles de París e incluso en Buenos Aires (¡Sí! ¡Me ha sucedido!) la palabra Racing mencionada por un amigo con el que tropecé, me haría saltar el corazón tan tontamente como fuera posible (…) porque usan las mismas camisas que el RUA, azul con rayas blancas”. Fanático del Racing de París, admitía: “Juega científicamente, pierde partidos que debería ganar”.

         Camus veneraba el balompié debido a la dignidad de sus protagonistas y a la belleza del juego. Entendía que la competencia deportiva exaltaba las virtudes de las personas; el autor evidenciaba rasgos de solidaridad en quienes compartían un equipo, destacando la nobleza y el compañerismo de los participantes, unidos en pos de un objetivo común. Tan identificado se encontraba con el género que una conmovedora cita sintetiza lo que el escritor pensaba sobre la cultura de la pelota: “Después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

         Para desgracia de sus fieles seguidores, una muerte absurda nos impidió ser testigos de su  inconclusa obra. El 4 de enero de 1960 viajaba desde Lourmarin -con destino a París- por la carretera número cinco junto a Michel Gallimard, amigo personal y editor. Al volante del Facel Vega iba Gallimard, de copiloto Camus. Atrás, la mujer de Gallimard, la hija y su perro. La llovizna no era un buen presagio e intimidaba. La tragedia enlutó el paisaje del crudo invierno parisino; a las trece horas y  cincuenta y cinco minutos se apagaba la vida del notable artista francés, ganador del Premio Nobel de Literatura, quien sólo tenía cuarenta y seis años de edad. Luego del fatal accidente, entre sus pertenencias, se hallaron algunos manuscritos de la novela El primer hombre.

         El año de su deceso nacen dos leyendas del deporte: el piloto Ayrton Senna y el futbolista Diego Maradona. La obra póstuma del filósofo, permanece inédita hasta 1994, cuando se la publica. En dicho año, Senna fallece en un accidente en el circuito de Imola, en San Marino, y Maradona es expulsado por doping del Mundial de EEUU, disputando su último partido en competiciones FIFA ante la Selección de Nigeria. Los especialistas afirman que la numerología representa las vibraciones definidas como energía; sus adeptos sostienen que todo en la Tierra y en el Cielo está dispuesto según la disciplina numerológica. ¿Podrán los eruditos leer y determinar si el destino de Camus estaba escrito en estas sorprendentes coincidencias?

Galeano y su homenaje crítico

         Eduardo Galeano nació en Montevideo el 3 de setiembre de 1940. En él conviven el periodismo, el ensayo y la narrativa, aunque el balompié es su fuente de inspiración. Sus legados nos dejan enseñanzas conmovedoras por el discurso frontal y el tratamiento ético que le brinda al tema. Admirador incondicional del fútbol, el escritor oriental se permite ahondar en los argumentos que esgrimen los detractores del balón. Así, en uno de sus textos, enfatiza: “Los críticos sostienen que la plebe piensa con los pies y no con la cabeza. Es más, algunos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo; circo y pan, hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase”.

         La obra cumbre de Galeano referida a la cultura de pelota, titulada El fútbol a sol y sombra, contiene en su análisis un equilibrio crítico que denota la lucidez intelectual del poeta. Por un lado le rinde homenaje al popular juego y por el otro expone sin hipocresías sus miserias. De su ensayo podemos rescatar algunas opiniones que parecen justas sentencias comparándolas con lo que de fútbol recibimos en las fastuosas catedrales postmodernas que reemplazaron al Circo Romano. El escritor revela: “El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía. Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad”.

         La riqueza conceptual de Galeano se agudiza en la síntesis que formula acerca de los protagonistas del espectáculo. Elabora una definición armónica, sintética y detallista de los roles de cada actor. Aún desde el absurdo, califica y enumera con conocimiento de causa; con el arma del goce como elemento ético y estético, omite incursionar por las despóticas rutas de la prepotencia y la sabiduría mal entendida. A modo de imperdible regalo, un resumen de sus máximas. 

         El árbitro: “Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden. Este intruso jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa por tanto sacrificio la multitud aúlla exigiendo su cabeza”.
El gol: “Es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna. Hace medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles: 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos”.

         El hincha: “Una vez por semana, huye de su casa y asiste al estadio. Aunque puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno”.

         El fanático: “Es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique la razón y cuanta cosa se le parezca. La omnipotencia del domingo conjura la vida obediente del resto de la semana, la cama sin deseo, el empleo sin vocación o el ningún empleo: liberado por un día, el fanático tiene mucho que vengar”.

         El jugador: “Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina”
El ídolo: “La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita. En su pie, ella descansa y se hamaca. Él le saca lustre y la hace hablar, y en esa charla de dos conversan millones de mudos. Los nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por un rato, por obra y gracia de esos pases devueltos al toque”.

         El portero: “Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda, a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasía de colores”.

         El fútbol: «Se parece a Dios en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. Su historia es un triste viaje del placer al deber. El fútbol y la patria están siempre atados y los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad».

         Galeano es un adorador del fútbol que, desde su postura favorable al juego, se permite disentir y criticar muchos de sus males. Refleja mejor que nadie la dictadura dirigencial que obliga al jugador a ser un esclavo del sistema. Empieza jugando para divertirse y lo termina haciendo por obligación. Se alarma al observar cómo el poder político hace uso y abuso del fútbol, colgándose las medallas en las victorias y haciendo abandono de persona -deportistas- en las derrotas. Sus textos, al definir el papel de los fanáticos, entregan un curso acelerado de sociología. El ser y el deber ser difícilmente se complementan.

         Como corolario del mensaje de Galeano, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos y que el Atlético nos retire el dorsal, que una sublime frase expone crudamente los sentimientos del autor: “La mayoría de los escritores de América Latina somos futbolistas frustrados”.
Si de posturas encontradas hablamos, habrán inferido que me pronuncio abiertamente a favor del fútbol. Sin ánimo de marcar tendencias y respetando a los disidentes desde la tolerancia y la pluralidad de criterios, abogo por una discusión estadística y hasta científica, que abarque lo socio económico y lo cultural, pero exenta de descalificaciones y conceptos prepotentes que desvíen el foco de atención y le quiten seriedad al debate, convirtiéndolo en vulgar.

         Cerrando el tratamiento de la problemática y dejando el capítulo abierto para continuar polemizando desde la educación y no desde la denostación arbitraria, hago saber que no pretendo obligar a los “totalitarios de la sabiduría” a identificarse con el fútbol si no lo desean o no les place. Resulta tan injusto catalogar de insensibles a quienes no se emocionan con una apilada de Messi o un paradón de Casillas como calificar de alienados o ignorantes a quienes aprecian su arte. Uno aspira, modestamente, a que abran su mente y no vivan presos de sus convicciones. O se den la posibilidad de solicitar la libertad condicional.


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