Portada
El diván y la pelota
 

El Fútbol que no miramos. La cultura de la pelota


LA PSICOLOGÍA Y EL FÚTBOL.

Sigmund Freud marcó el camino

         Bautizado como “el padre del psicoanálisis”, Sigmund Freud describió las tensiones ínsitas en el ser humano enfrentado al deseo puro y a la conciencia moral que regula la vida en sociedad. Tal como brillantemente lo graficó, el yo, el sujeto consciente de sí mismo, se ve sometido a la disyuntiva en que lo coloca el ello, o sea, el impulso a la satisfacción de sus deseos, y el super-yo, constituido por todo un sistema de prohibiciones internalizadas; “la expresión directa e inmediata del temor ante la autoridad exterior, el reconocimiento de la tensión entre el yo y esta última” (Freud, Sigmund. El malestar en la cultura). El yo podrá desconocer los mandatos del super-yo, pero lo perseguirán el remordimiento y la culpa.

            Como bien lo ha dicho el licenciado en psicología de origen argentino, Gustavo Maure, el deporte constituye una salida lúdica a estas tensiones; no obstante, los niveles de profesionalización que ha adquirido lo erigen hoy en día en una fuente de tensiones en sí misma, con altos niveles de crítica y exposición. Así, las exigencias a las que se ve sometido el jugador actúan como un super-yo que presiona sin dar tregua, proporcionando un nivel de sufrimiento del cual se busca escapar a través de diferentes sistemas, dentro de los cuales, “el más crudo, pero también el más efectivo de los métodos destinados a producir tal modificación, es el químico: la intoxicación”, como el propio Freud lo señaló.

            Es cierto que no en todos los casos se llega a tal extremo, pero también es verdad que se han multiplicado los ejemplos de deportistas profesionales que buscaron escapes que los han llevado a la autodestrucción, poniendo en marcha a thanatos, el impulso de muerte freudiano. Frente a estas muestras de alerta, en un ámbito en que la competencia, las sumas en juego y la fama se elevan cada día a niveles más altos, a la par de los entrenadores físicos, médicos deportólogos y kinesiólogos, el equipo de especialistas en psicología resulta de una presencia insoslayable.

Primer paso: vencer las resistencias

           La psicología y el fútbol muchas veces caminan por veredas opuestas. Los futbolistas observan con recelo la labor de los psicólogos deportivos, los califican como “especialistas en el arte de desnudar su intimidad”. Se sienten expuestos ante la consulta, los intimida la autoridad y el conocimiento del profesional. La desconfianza y el ego operan de impedimento para soltarse y contar sus historias, por lo que siempre actúan a la defensiva, con el velado temor de que revelen sus secretos, posibilidad que los aterra, paralizándolos. Es que los pruritos y los mensajes de omnipotencia que envía la sociedad son difíciles de digerir para cualquier persona. Y se tornan incontrolables si se trata de un jugador de fútbol famoso y con la autoestima por la galaxia. Allí se produce el primer quiebre: no reconocer la necesidad de ayuda es un peligroso síntoma inicial.

           Para el jugador resulta tormentoso saltar esta primera valla; cuando lo logra, se siente aliviado, se descomprime. Una vez que asume que el psicólogo no es su enemigo empieza a valorar su tarea y se confiesa. Sale del aislamiento, rompe su estructura mental y logra una mejor calidad de vida.

            En un deporte colectivo como el fútbol puede aplicarse tanto la psicología grupal como la individual. Lo que define su utilización a nivel grupal está estrechamente vinculado con las necesidades de la plantilla. El cuerpo técnico, conocedor de las debilidades colectivas de su equipo de trabajo, le trasmite el síntoma al profesional, poniéndolo en conocimiento acerca de las insuficiencias anímicas que padece su disciplina. Este tipo de tratamiento -generalmente- se utiliza para motivar a los futbolistas ante la inminencia de una final o un juego trascendente. O simplemente para intentar salir de una mala racha futbolística. Se suelen pasar vídeos acerca de conjuntos de trabajo exitosos, empresas que logran sus objetivos a base de carácter y determinación o líderes positivos que transmiten “la energía del triunfo”. La finalidad apunta a mostrar una imagen ganadora, emparentada con la anhelada gloria, en las antípodas del escepticismo y del no se puede; el mensaje subliminal es bien claro: borrar del diccionario del futbolista la palabra imposible. El analista apela al espíritu competitivo del deportista, formulando apreciaciones acerca del poderío de la mente, circunscribe su discurso a exacerbar el aspecto volitivo, buscando el máximo rendimiento del atleta. Su objetivo se centra en fortalecer anímicamente a la tropa y eliminar el temor.

           Jorge Valdano hablaba del miedo escénico de algunos futbolistas ante las grandes citas, lo que podríamos redefinir como “la radiografía del pánico”. El ex madridista dio en la tecla: los partidos decisivos conllevan una carga emocional que oprime, limitando notablemente la prestación del jugador. El entorno exitista asfixia, la presión por ganar moviliza, la familia sufre ante el traspié, sintiéndolo como propio. En el medio, el héroe de la película, quien tiene prohibido fallar, so pretexto de convertirse en villano. Demasiada carga para una persona.

           La psicología individual, prescripta en casos delicados donde el riesgo de la salud es inminente, focaliza la terapia conforme el grado de afección. Ocasionalmente, el paciente presenta un síntoma depresivo producto de un problema personal grave o de una sintomatología congénita o derivada. El móvil suele ser la pérdida de un ser querido, una ruptura sentimental, fragilidad en la salud de sus hijos, etc. Ante este cuadro, el tratamiento es más complejo; los afectados, muchas veces, caen en adicciones como el alcohol o las drogas, sienten que el mundo se les viene encima. Se victimizan y pierden el norte, transitando inconscientemente -y a veces no tanto- por la autopista de la autodestrucción.

Casos testigo. Desde Adriano hasta el mítico George Best

           Adriano, jugador de portentoso físico y especialista en intimidar defensas adversarias a pura potencia y olfato goleador, vivió en carne propia el infierno tan temido. El brasileño perdió a su padre, “su” referente en la vida; luego sobrevino la ruptura con su novia Daniela, que lo sepultó al segundo subsuelo desde lo anímico, y el desmadre no tardó en llegar. Empezó a frecuentar discos, bares, fiestas, bellas mujeres y -sobre todo- mucho alcohol. Tan mal se sintió el ser humano que el ídolo necesitó hacer pública su adicción, lo que implica un paso muy importante para la recuperación; diagnosticado el síntoma, derrotar por penalties al enemigo que habita en uno es todo un desafío para el portador.

            El principal peligro para este tipo de patologías es no reconocer la enfermedad, no asumirla u ocultarla a su círculo más íntimo. En estos casos, la tendencia a negar el problema lo recrudece; el afectado se cierra e impide sistemáticamente la asistencia, agravando su estado. Adriano deberá combatir con entereza su adicción, la lucha es día a día y está prohibido bajar la guardia. So pena de reincidencia.

           Otro ejemplo es Ariel Ortega, el argentino que pasó por Valencia y actualmente viste los colores de River Plate. El “Burrito”, tal como se lo conoce, tiene una familia bien constituida, en la que su esposa y sus tres hijos le agregan felicidad a su vida; el fútbol y la pelota, le roban la sonrisa y son la razón de ser de su existencia. Aún así, no pudo escapar al estigma del alcoholismo, tal vez por las presiones que soportó desde muy joven -debutó en el club riverplatense a los diecisiete años- o algún problema no resuelto en su infancia. Lo concreto es que cayó en la tentación, el tratamiento ambulatorio no produjo resultados satisfactorios y se vio obligado a internarse en una clínica privada de Chile. Volvió a su club buscando la contención del balompié, medicina mágica para muchos enfermos, aunque insuficiente para controlar el trastorno. Su familia será la base para fomentar la recuperación. Todo sea por el bien de la persona, no del personaje llamado Ortega.

            Más lejanos en el tiempo resultan los casos de Garrincha, George Best y tantos otros afectados. Todos ellos tienen una característica común que los une: la pobreza. De origen muy humilde, el fútbol les entregó el pasaporte a la fama y al dinero. Y no pudieron soportarlo, luego, mucho antes que después, llegaron los excesos y el descontrol. Limitados culturalmente por carencias de base, la prematura idolatría y la “soledad de los triunfadores” los abrumó. Sus adicciones operaron como una forma de escape, pidieron ayuda a gritos y nadie los escuchó: fueron parte de los marginados del fútbol.

           Manuel Francisco Dos Santos, más conocido como Garrincha, nació un 28 de octubre de 1933 en Pau Grande, localidad brasileña ubicada en el Municipio de Magé, situada a setenta kilómetros de Río de Janeiro. El carioca, a pesar de sus humildes orígenes, pasó su juventud sumido entre sus tres pasiones, el fútbol, la pesca y las mujeres. Bautizado como el “ángel de las piernas torcidas”, los cronistas de la época desvelaron el secreto: la causa de su problema en las extremidades inferiores fue una poliomielitis infantil mal curada. Amén de sus proezas amatorias y sus malabares con el balón, Mané no pudo driblear una tradición familiar: el consumo -desde meninho- de una bebida alcohólica llamada cachimbo, mezcla de cachaca con miel de abejas y canela en pan. El tabaquismo fue otra de sus incontrolables adicciones; fumaba con naturalidad desde los ¡diez años!, vicio que lo acompañó en sus jornadas de gloria y hasta su temprana desaparición. Sus romances prohibidos con la artista de variedades argentina Angelita Martínez y especialmente con la famosa cantante de jazz brasileña Elsa Soarez, se convirtieron en la comidilla de la prensa del corazón. Debutó profesionalmente en Botafogo, club con el que alcanzó el status de estrella mundial; sus licencias se recuerdan tanto como sus indescifrables gambetas. El autor Ruy Castro escribió su autobiografía, titulada “Estrella solitaria. Un brasileño llamado Garrincha”, la cual fue llevada al celuloide en una coproducción chileno brasileña. El patizambo llevó una vida autodestructiva, en la que el alcohol lo acompañó tanto como la pelota; sus últimos años los padeció encerrado en un sótano con una patología de delirium tremens derivada del exceso de ron. El pájaro tropical torpe encontró en su muerte, ocurrida un 20 de enero de 1983 por un síndrome alcohólico, un alivio ante tanto tormento.

            George Best, célebre jugador irlandés del Manchester United, fue uno de los míticos ídolos pop del balompié. Falleció el 25 de noviembre de 2005, recibiendo poco menos que honores de estado en Gran Bretaña. El “Quinto Beatle” sustentó su fama tanto en su exquisito fútbol como en sus andanzas de alcoba; adicto al sexo y al alcohol, sus anécdotas se cuentan a montones. Desde sus frustrados encuentros con Brigitte Bardot -limitación idiomática mediante- hasta sus plusmarcas sexuales con distintas fans. Sus originales frases marcaron una época. Así, comentó: “En 1969 dejé las mujeres y el alcohol; fueron los peores veinte minutos de mi vida”. Otra de sus recordadas citas fue: “He gastado mucho dinero en mujeres, coches y alcohol, el resto lo he despilfarrado”. La fábula dice que tuvo dos hígados y que se pulió el segundo. Best fue, además de un notable futbolista, un paradigma de la sociedad inglesa de los años 70.

La sabiduría de la ignorancia

           Desafiando al stress, al pánico, a la ansiedad, al miedo y a tantas otras afecciones de origen mental que acarrean trastornos psicofísicos severos, los “cerebros” de muchas instituciones deportivas son renuentes a contratar profesionales de la psicología para que asistan a su plantilla. Cuentan con un servicio médico, con kinesiólogos, con masajistas, pero increíblemente prescinden del terapeuta; son aquéllos que subestiman el saber en nombre de la prepotencia disfrazada de ignorancia.

           Su actitud resulta un obstáculo insalvable que impide diagramar una prevención para estas patologías que castigan a innumerables deportistas de elite. Lamentablemente, muchos dirigentes y entrenadores, limitados en información y en asesoramiento médico, bajan el mensaje de que no resulta indispensable la psicología en el fútbol. Inclusive, algunos prestigiosos coachs, en un rapto de osadía que define su nivel intelectual,  afirman: “El psicólogo del club soy yo”. Causan vergüenza ajena.

           Los presidentes, de manera absurda e incomprensible, avalan al entrenador en tal precario análisis. Así, descuidan a la persona, no al futbolista. Son cómplices de las consecuencias que su deliberada omisión genera y, aunque miren para otro lado y se hagan los desentendidos, les cabe buena parte de responsabilidad en las recurrentes sintomatologías que algunos de los integrantes de su disciplina padece.

            Su manejo perverso no tiene límites; en el colmo de la hipocresía, utilizan a los jugadores como material de descarte. Así, los futbolistas son tratados como mercancía con fecha de expiración y sus jefes no dudan en “sacrificarlos en nombre de la causa”. Enterados de su enfermedad, le envían un guiño al entrenador de turno para que los concentre y los haga jugar el domingo. Todo vale cuando la temporada está en juego y  peligra el proyecto de la Junta por una magra cosecha deportiva; allí, el temor a una precipitada dimisión ante las reiteradas pañoladas de la grada preocupa a los cerebros de las instituciones, amenazando sus perversos intereses de perpetuarse en el poder. Entonces, la cruel y lamentable muletilla para justificar la criminalidad de su decisión es la siguiente: “La afición pide resultados y hay que poner lo mejor”.

La psicología en el fútbol español

           En España, un ejemplo a imitar en este sentido es el Sevilla FC. Los hispalenses, conscientes de la importancia de la asistencia terapéutica para su plantilla, elaboraron un proyecto de avanzada y trabajan desde 1998 con un cuerpo de profesionales en la materia. El Coordinador del Equipo de Psicólogos es el reputado Miguel Ángel Gómez.

           Juande Ramos fue otro adelantado en ocuparse de esta problemática. En su etapa como entrenador bético aconsejó a Denilson que recurriera a la ayuda psicológica para solucionar una afección que lo aquejaba, limitando la progresión de su desarrollo profesional. El brasileño, agobiado por un traspaso millonario y con mucha presión sobre sus espaldas, era una sombra del jugador que deslumbrara en San Pablo. Concluido su exitoso tratamiento, recuperó la autoestima y buena parte de su fútbol.

            El Sevilla, mediante la autorización del jugador y la venia del cuerpo médico del club, hizo público el inconveniente de salud de Jesús Navas, canterano de notables condiciones. El jugador sufre de una patología llamada “trastorno de ansiedad”, afección que le impide realizar largas concentraciones e incluso viajes al exterior. Sus crisis se manifiestan ante el encierro y el miedo a lo desconocido, hechos que le producen desesperación y angustia. Los medios terapéuticos implementados han ayudado al chaval, aunque la tarea resulta ardua y compleja. Frecuentemente tiene recaídas que alarman a los servicios médicos del club, quienes recomendaron la necesidad de un tratamiento constante a fin de controlar su enfermedad. La asistencia profesional, ante los reiterados y preocupantes cuadros que afectan su salud, buscó alternativas terapéuticas para frenar el síndrome que aqueja al paciente. Actualmente se lo ve controlado y anímicamente más fuerte. No obstante ello, habrá que seguir trabajando en su rehabilitación. Bajar la guardia y creer que la victoria está asegurada nunca es aconsejable, ni en el fútbol ni en la salud.

           Me horroriza la liviandad conceptual de algunos sabios de vestuario que pululan por los medios de comunicación con pretensión de avezados catedráticos en el arte de solucionar vidas ajenas; a razón de ello, encuentro desacertados y fuera de lugar los comentarios de Maresca y Palop, compañeros del jugador nacido en Los Palacios. Ambos, ejerciendo un rol que no les compete y para el que no se encuentran calificados, incitaron a Jesús Navas a “comportarse como un hombre”. Afirmaron que ya no es un niño y que los viajes y las pretemporadas forman parte de las obligaciones de un profesional del balompié. Dichas aseveraciones -apropiadas para calificar a un futbolista sano que se aparta de los códigos internos y no respeta el derecho de igualdad entre pares- son temerarias teniendo en cuenta la afección del involucrado y la carencia de autoridad cognoscitiva de los consejeros. Sus colegas podrán tener las mejores intenciones, pero si desconocen los sonetos, las melodías y los compases de la música clásica, mal pueden criticar con autoridad una obra del genial Mozart.

            Iván Campo, en su etapa en Chamartín, fue víctima de los cánones de belleza estipulados vaya uno a saber por quién. Al donostiarra se lo tildó de no agraciado, mofándose de su imagen. Se lo trató con crueldad y saña, y el desprecio hacia su persona se hizo eco. Así, en octubre de 2001, tras varias semanas de insomnio, en la víspera de un partido con el Athletic de Bilbao, sufrió un cuadro de alteración nerviosa. El diagnóstico profesional fue “crisis de ansiedad” y, para poder superar la dolencia, necesitó atención psicológica y un largo período de rehabilitación. Vicente Del Bosque -su entrenador en ese momento- lo apañó y los profesionales, con un tratamiento focalizado para combatir su problema, lo ayudaron a superar su afección.

            Míchel González, gloria madridista y solista con mayúsculas en la exitosa “Quinta del Buitre”, en un momento crítico de su trayectoria blanca tuvo que asistir a hurtadillas al psicólogo. Años después, vencidos por la mínima diferencia los preconceptos de la sociedad y la altanería de los negados, se animó a hacer pública su condición de paciente. Entonces, el madrileño afirmó: “Antes era un tema tabú en el Madrid, no querían que se supiera que yo iba al psicólogo. Me llamaban loco”.

           Benito Floro fue un precursor en ocuparse de los trastornos psíquicos de sus pupilos. En el año 1991, mientras ejercía funciones en la Casa Blanca, desafiando el descreimiento general y la intolerancia de alguno de sus jefes, llevó un analista al primer equipo. En un principio, nadie se lo tomó en serio y su decisión fue duramente cuestionada por los dirigentes, provocando reiteradas burlas de la prensa especializada. En la actualidad, los infantiles del Madrid trabajan con asistencia terapéutica. Todo un avance.

            Un caso paradigmático fue el intento de suicidio de Julio Alberto Moreno Casas. Él mismo lo reveló con lujo de detalles en su libro “Mi verdad”, publicado en 1995 por la Editorial catalana Valldaura. Su catártica confesión obró como una especie de psicoanálisis exhibicionista en el que desnudó las razones de su previsible caída; el cóctel compuesto por cocaína, dinero, fama, noche y mujeres lo llevaron al borde del abismo. Un accidente mortal lo marcó: atropelló a un transeúnte en la autopista M-30 poco antes de fichar por el Barça. Las mieles del éxito en su etapa blaugrana no lo alejaron de las tentaciones; por el contrario, la dama blanca lo sedujo y el asturiano cayó en sus encantos. Sus alteraciones psíquicas y sus vaivenes emocionales le pasaron una dura factura. Poco después de abandonar el fútbol, angustiado y deprimido, transitó peligrosamente las rutas del adiós. Entonces, una noche de verano, envuelto en una crisis sin salida, casi saca la baraja de la muerte en el hotel Comtes de Barcelona. Luego de destrozar buena parte del mobiliario de su habitación y preso de un estado de alucinación por el consumo de estupefacientes, intentó ponerle fin a su tormentosa vida arrojándose al vacío por el balcón. Sólo la rápida intervención de los policías evitó el fatal desenlace. Afortunadamente no fue su hora y el destino le dio una nueva chance. El tratamiento de rehabilitación lo llevó a Maldivas, aunque su recuperación fue lenta y progresiva. La vida le tiró una pared y el remató a puerta vacía. De todas maneras, el partido no está definido y deberá tener cuidado con las épicas remontadas del diabólico enemigo. 

           Otra víctima del sistema fue Luis Aragonés. Corría el año 1991 y entrenaba al Atlético de Madrid cuando tuvo que abandonar la concentración por un episodio de ansiedad fóbica. “El Sabio de Hortaleza” necesitó asistencia terapéutica para sanarse. Su reto consistió en dejar de lado los preconceptos heredados y la vergüenza propia. La capacidad de quienes lo asistieron hizo el resto del trabajo.

           La sociedad es cómplice del rechazo generalizado a la psicología. La reticencia, cubierta bajo la patética moda de la autosuficiencia mal entendida, opera como freno inhibitorio para admitir su necesidad a nivel personal. Ergo, si merituamos su implementación fáctica en el planeta fútbol, el escepticismo de sus obstinados detractores aumenta. Aun reconociendo un gradual avance en la incorporación de analistas a la alta competencia, la predica por una aceptación natural demandará horas extra y trabajos insalubres; el mensaje cultural es sumamente influyente, la carga generacional dejó una huella maligna. Es hora de romper el tabú del diván, ¡es la hora de la psicología!


Copyright © Todos los textos se encuentran protegidos por Derechos de Autor y Propiedad Intelectual