El cumpleaños del fútbol

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La tiranía del calendario -generalmente- nos provoca una mueca de desencanto y resignación ante el inexorable paso del tiempo. A modo de resistencia y retando la omnipotencia del lord gregoriano, los aprendices de poetas que habitan diariamente la geografía de los bares porteños rescatan la teoría de la juventud divino tesoro para combatir el patético mal del reloj no marques las horas. Entonces, los emotivos recuerdos de aquellos dorados años, inmortalizados por los sabios narradores de ocasión, invitan a una nueva ronda de café a cargo de la vida. La nostálgica regla contempla afamadas excepciones. Una de las más valoradas por los criollos de ley -por sentido de pertenencia e identificación con los colores celeste y blanco- se produce cada 30 de octubre, célebre fecha de nacimiento del icono futbolístico nacional por antonomasia: Diego Armando Maradona.

El “10”, en épocas de oscurantismo, glamour y abundancia de ídolos de barro, portó con valentía el traje de héroe sin fronteras al servicio de los fieles peregrinos de la cultura de la pelota. ¿Cómo olvidar sus hazañas en tierras aztecas con el valor agregado de la segunda Copa del Mundo para las vitrinas de la AFA, disparador consagratorio que ratificó su status de número uno indiscutible? ¿O la épica e inigualable pintura impresionista -inspirada por los duendes de Monet y Rembrandt- que significó el legítimo gol que sufrieron los ingleses? ¿Acaso no nos sentimos dignamente representados con su visceral insulto a los italianos en la morbosa final del Olímpico de Roma en 1990, justificado por el ofensivo e irrespetuoso agravio del silbido generalizado de los anfitriones al himno patrio? Es más, teniendo en cuenta el uso y abuso que se hizo de su imagen para promocionar un Mundial con pronóstico de fiasco garantizado ante la ausencia de figuras convocantes y el notorio desinterés de los norteamericanos por el soccer, ¿no pareció una parodia de las olvidables su bochornosa y premeditada expulsión por doping en EEUU 94? ¿Alguien se preocupó por investigar la denuncia del prestigioso médico cardiólogo Roberto Peidró -integrante estable de la sanidad de la selección por entonces-, quien cuestionó los procedimientos del análisis antidoping y la posterior contraprueba porque a los laboratoristas se les entregó un frasco de orina rotulado de antemano con la leyenda efedrina y no con una sigla numérica? ¿Cuáles fueron los verdaderos motivos del silencio cómplice de Julio Grondona ante el control positivo de Maradona en tierras hostiles? ¿Quiénes fueron los autores intelectuales que ordenaron coaccionar al galeno a fin de callar su voz disidente? ¿Por qué misteriosa razón se distrajo la atención de la opinión pública condenando al escarnio popular a la figura de un “adicto reincidente” y mal ejemplo para la familia FIFA sin reparar en las presiones de Joao Havelange y la corporación multinacional que él presidía -en su último ejercicio al frente del órgano rector-, preocupada por salvar la afrenta de los veinticuatro años sin títulos del scratch brasileño? Quien quiera indagar que indague.   

Diego honró la camiseta argentina como nadie; paradigma de los humildes, enarboló una rebeldía a prueba de armas químicas, combatiendo el despotismo de los dueños del negocio de manera quijotesca. En su desigual batalla, amén de los fantasmas internos que lo llevaron a tutearse con la muerte en más de una oportunidad, soportó los golpes de la discriminación, la hipocresía y la deslealtad con inusitada osadía. No obstante la pesada mochila de sus debilidades y sus recurrentes vaivenes emocionales -que muchas veces lo traicionaron-, siempre se mostró solidario con sus pares caídos en desgracia o afectados por el síndrome del olvido; para regocijo de la congregación maradoniana, en sus homilías domingueras, el apóstol del fútbol-tango tuvo la noble misión de predicar la palabra de D10S. En su catálogo de virtudes se destacan rasgos humanitarios y un respeto a ultranza por el código genético a sus raíces, característica que potenció su vínculo afectivo con el soberano. Doctorado con honores en las aulas de la genialidad al servicio de lo colectivo, la sensibilidad de su pie izquierdo unió Continentes y lo graduó como natural heredero del espíritu che.

Maradona ejerce de embajador argentino en el mundo; su fama trascendió el ámbito de la pelota para alcanzar dimensión de leyenda. Los reconocimientos del magisterio del deporte rey premiaron su excelsa trayectoria y el diploma de mito ocupa un lugar de privilegio en el museo itinerante del jugador del pueblo. Por ello, en un colorido bar de la noche de Buenos Aires que nunca duerme, alargando la velada y bajo la compañía inseparable del morocho para gambetear la alarma del insomnio, uno de los infaltables asistentes al cotidiano debate filosófico oficializó la singular propuesta: ¡el 30 de octubre es el cumpleaños del fútbol viejo! El aplauso unánime a la intrépida moción apuró la masiva despedida. De fondo, decorando la pintoresca escenografía del almacén-despacho que rescata el aura de las antiguas y recordadas pulperías, asoma un póster de Pelusa con la camiseta de la selección. La memoria no se mancha.

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